El mapa del pasado

Existe una localización geográfica de cada recuerdo, al igual que existe un olor, y una música que los envuelve. Este fin de semana pude comprobarlo, cómo recorriendo algunos lugares, puedes ver renacer una vez más esa amistad forjada con los años y las vivencias más intensas, algo que permanece  por encima del destino que tomemos cada uno.

Esta vez fue una boda, la del hijo de una amiga, alumno mío durante años, y hoy hombre que dirige su destino. Junto a él, en la misma fiesta, más antiguos alumnos. Para mí esta vivencia es indescriptible. ¿Cómo explicar ese momento mágico en el que se acercan, y me dicen que aún tocan, a veces, la flauta, que se acuerdan de mí y de mis clases con cariño…? Inmortalicé el momento con algunas fotos. Era maravilloso conocer el destino de esos hombres, de los que recordaba perfectamente sus rostros, porque aunque mis alumnos eran numerosos, ellos fueron los elegidos para representar mi guión adaptado de un cuento del gallo Kirico. ¿Cómo no recordar a aquellos personajes que aún conservo en fotografías…?  No quería que nadie en aquella representación quedara fuera, así es que el fuego fue grandioso, lo mismo que la lluvia, el viento…  Y allí estaban ellos,  muchos años después, en esa boda, y  junto a estos alumnos, mis amigas de entonces, aunque una de ellas estuviera solo al teléfono. Dan igual los años… era como retomar una conversación interrumpida.

Mi sesión lacrimógena apareció esta mañana, tras la noche de baile y emociones intensas. Y es que se lo dije a ellos, a esos chicos de 29 años, que cuando yo llegué a ese colegio era una maestra de 25, aún más joven que ellos, aunque ya era madre y traía un buen bagaje  de experiencias en la maleta.

Plasencia… hay cosas que nunca se  olvidan.  Mapas que quedan en la piel.

Unknown

Plasencia

La vida en dulce

Llevo nueve años con este blog y hasta este año no me he decidido a hablar sobre diabetes. Ahora estoy en ello, y tanto… que por eso hay en camino un libro que me está haciendo reflexionar mucho. No puedo adelantar nada, solo mis reflexiones al respecto, sobre todo lo que estoy aprendiendo mientras lo escribimos, mi amiga Montse y yo, a cuatro manos y a varias voces…

Ayer nos decía alguien que las madres y los padres de los hijos con diabetes  tipo 1 vivimos la vida como marines del ejército, siempre preparados para salir a combate. Vaya una comparación buena… siempre alerta y dispuestos a lo que sea. No hay descanso, no hay tregua, no hay minuto que esto pare. Al final… te acostumbras a vivir alerta.

Es difícil que los demás lo comprendan. Insisto, de nuevo, muchos nos aislamos ante la imposibilidad de dar explicaciones constantemente de tus actos y tus decisiones. En el libro se explica muy ,muy bien… y sé que la gente lo va a entender.

El mal humor, el cansancio, a veces,  es también difícil de comprender. Cómo la situación de tu hijo, una cifra que tenga, te baja o te sube el ánimo. Cómo una situación de descontrol de glucosa en tu hijo o hija, te hace estar a ti de un humor de perros, dispuesto a saltar a la mínima. Hay tanta tensión acumulada… En esto, insisto,  no hay vacaciones.

Cuando veo que alguien no va a poder acompañarme en mi camino, prefiero decirle adiós. Sea amiga, amigo, pareja, vecino, compañero o compañera de clase. Si no puede acompañarme en mi camino, no tengo elección, porque yo por el suyo no puedo transitar. Y no hablo de que me ayuden, hablo de que puedan comprender que yo tengo una forma de vivir y de sentir diferente.

Sí, tengo una forma de vivir y de sentir diferente y he tardado trece años en poder expresarme. 

Cuando suena el teléfono, (en mi bolsillo, permanentemente), yo solo pienso en una cosa; cuando salgo de viaje y el whatssap no funciona, yo entro en pánico. Si salgo al extranjero, miro el móvil constantemente. Da igual que tus hijos se hagan mayores, da igual, tus hijos son tus hijos. Siempre.  Y todo lo que en otros padres conlleva una preocupación lógica, en nosotros se vuelve desmedida. Y no es obsesión. Es responsabilidad.

Cuando hay algo importante,  piensas…  Y si no se lleva el zumo, el control, y si se cae, y si se marea y alguien piensa que es otra cosa…. Y si … y si… y si no puede hacer ese examen, y si… La mayoría de las veces, los “Ysies” no tienen sentido. Son construcciones terribles de nuestro cerebro. Pero hay veces, que algún y si… se cumple y eso confirma que es necesario estar alerta. Con equilibrio…pero alerta. Cada vez con una alerta más suave, pero alerta.

No me quejo. Ser madre era una de mis mayores ilusiones y alegrías. Todo compensa cuando miro a mis hijos sanos y felices, tan mayores y tan independientes…

Mi marido, mi familia, mis amigas, la gente que me quiere, ya lo sabe bien… Ya lo saben. Mi vida es así, en dulce…. Y no me cambio por nadie. La felicidad es también más grande. La diabetes introduce una nueva métrica en tu vida. Todo pierde la dimensión, la felicidad también. Y yo me siento feliz, porque esto me ha dado la fuerza y el coraje para estar  dispuesta a batallar en lo que se tercie…

 

 

 

 

Los padres diez

En plena locura de evaluaciones y tras  veinticinco años dedicada al magisterio, todavía me causan asombro los padres obsesionados con los sobresalientes. Durante estos años, he visto a padres pelearse con  mi compañeros, maestros y maestras,  porque el hijo de la vecina tenía un nueve cincuenta y el suyo solo un nueve. No es broma. Es absolutamente real. Me he preguntado siempre, qué  extraño complejo de inferioridad tan acusado puede tener un progenitor que lucha por algo así en un ambiente infantil. Sí, ya sabemos que la sociedad valora a nuestros hijos con números, y que de igual forma lo hace el mercado laboral,  pero ¿ nosotros también? Somos incapaces de ver la falta de amor que demuestra alguien hacia su hijo o hija cuando lo insulta de esa manera, cuando lo compara de esa manera tan vil y absurda,  lo humilla , y  es capaz de hacer pasar a un niño o niña, o adolescente,  por esa angustia sin sentido. En plena época de ochos, cuatros, doces, diez,  ¿ dónde queda el amor por los hijos, y la obsesión egocéntrica de los padres por destacar ante los demás?  El espectáculo es bochornoso. Contengámonos, por favor. Los hijos e hijas no son números. Y que conste que yo tengo y he tenido de todas las clases de números en mi casa. Míos propios y de mis hijos. Pero ya… estoy inmunizada ante los extremos y sus efectos. Somos, ante todo, personas. O eso creo… y deseo.

Bueno, ya de los que suspenden no hablo. Esos “apestados” y “apestadas” tienen que soportar su propio peso, más el del bochorno de sus padres ante los vecinos, familiares  y amigos. Sí, amamos mucho a nuestros hijos e hijas…

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El profesor

A menudo, cuando hablamos de la época del instituto, cuento el tema de la caja. Pero es un tema largo,  y suelo explicar que todo empezó con una asignatura para la yo estudiaba más que para ninguna: Lengua y Literatura. No había otro remedio. El profesor nunca dictó nada, porque aunque estábamos en los orígenes de nuestra vida estudiantil, él solo hablaba sobre los libros, ayudándonos a desentrañarles el alma, mientras nosotros, aún con manos escolares, intentábamos recoger en folios blancos todas aquellas enseñanzas. Más de una vez le dijimos que era imposible estudiar aquel volumen de apuntes, pero él nos contestaba que no nos pedía memoria, sino estudio. Y se quedaba tan pancho.

La  poca capacidad de síntesis adolescente, imagino, me hizo desistir de la carpeta y  llenar, literalmente, una caja de cartón con los apuntes del profesor “Santos”. La arrastraba con mi ya alma nómada por las habitaciones, intentando estudiar aquella pira de conocimientos que se me escapaba. Los libros se sucedían sin cesar, y había que leerlos y sacarles las tripas, y no de cualquier forma. No puedo recordarlos todos, pero guardo especial memoria de algunos: Tiempo de Silencio; La Regenta; El árbol de la Ciencia; La Colmena; El Conde Lucanor… y muchísimos más. De todos había examen, porque eran tiempos de fuerte preparación universitaria. Lo de leer el Quijote fue el colmo. ¿Cómo acabar aquello con tantos exámenes? Tomé un volumen precioso de mi casa, un Quijote familiar, al que nunca presté mucha atención, y empecé a levantarme al alba, cada día. Al principio, con mucho sueño y fastidio, y después, con entusiasmo. De repente, no sabía por qué, me descubrí llorando en algunos capítulos, de pura emoción. No era algo descriptible. No era esta anécdota o la otra, era algo más que no me podía explicar. El personaje se me pegó al alma. Y empecé a amar su mundo y el de Sancho. Así llegué al examen final. ¡Conseguido! Pero aquello fue más que un examen. Fue el descubrimiento de la literatura con mayúsculas.

Los exámenes del profesor Santos me hacían sufrir. Solía sacar buena nota, alrededor del ocho, porque él no era pródigo en puntuaciones. Pero ahí no estaba la cosa. De repente, una flecha traicionera apuntaba hacia abajo, y empezaba a restar puntos por causas diferentes: una tilde, un verbo mal usado, una falta descuidada… y al final, mi nota quedaba en un cuatro, o como mucho, un cinco. No soportaba esta flecha hiriente, y lloraba a lágrima viva, de pura frustración.  Ya un día tuvo que pararme, en mitad de un examen,  y decirme si iba a quitar de una vez una tilde inexistente, que lo tenía desesperado con mi insistencia…

Santos nos enseñó a leer poesía. Sabíamos que ya, entonces, él era una autoridad en la materia, pero no intuíamos todo lo que estábamos recibiendo. Recuerdo cómo nos hablaba de los ríos,  el mar, la vida, la muerte… El profesor me dejaba pasmada, pero tampoco había mucha gente con la que comentar aquella admiración. Era un “hueso”, y eso arrastraba sus virtudes literarias. Solo ahora, con el tiempo, puedo mirar atrás y descubrir la gran suerte que tuvimos al estudiar con él. De pronto, su rostro aparece una vez más en las noticias, y toda la carga de recuerdos adolescentes cae en mis manos. Y  con estos recuerdos, dejo aquí este pequeño homenaje de agradecimiento a mi antiguo profesor: Santos Dominguez.