La vieja escuela de Doña P.

Da igual que sea feria, el destino nos hizo acabar hablando de educación, sí, con muchas risas, pero al fin y al cabo de educación. Mi puzzle de recuerdos comenzó a funcionar:

Dicen que aprendí a leer sola, pero algo tendrían que ver las monjitas de la guardería con sus canciones y sus actividades coloristas. Un pequeño paraíso del que salí para entrar en la escuela privada de una amiga de mis padres, la escuela de “Doña P.” famosa por su exigencia y rigidez.

Ni siquiera mi nivel natural de lectura que “Doña P” calificaba de perfecto, me libró de su implacable vara de madera. Los trabajos debían ser limpios, impecables, sin tachones, rayones, nada doblado, nada roto (cuando comparo con los trabajos que hacen los niños ahora, pienso qué sería de ellos en mi vieja escuela…) Nunca logré adaptarme. Mis trabajos siempre estaban sucios, rotos y llenos de tachones. “Doña P” me los rompía directamente. Tampoco lograba estar callada. Sufrí la vara muchas veces, los castigos de rodillas y las estancias en el pasillo. Me pasé la infancia castigada. Mi madre tuvo que decir que me quitaran del pasillo. Era demasiado frío y no había calefacción. Pero para mí el pasillo era mucho más cálido que las clases…

Probablemente le deba a aquella rígida educación algunos de mis logros académicos posteriores, pero también le debo el que me pasara la infancia con misteriosos dolores de tripa, vómitos, diarreas y tilas hechas por mi madre antes de ir al colegio. Hay gente que no vivió la escuela de los setenta así. No sé por qué me tocó, porque soy joven para ello, pero me tocó. Era una buena escuela según la filosofía antigua, con los últimos retazos del viejo sistema y el comienzo de las nuevas ideas modernas, que no me llegaron hasta más tarde de la mano de gente más joven. Escuela para mí siempre fue tortura. Mi mente nunca estuvo dentro… y sólo fui feliz al llegar al instituto. Para entonces mi memoria ejercitada duramente durante años y mi capacidad de adaptación a los contratiempos se habían hecho mayúsculas.

Miro hacia atrás y no puedo creerlo. Mi único fin era salir del sistema escolar para siempre. Pero cumplí los veintidos ejerciendo ya de maestra titular. Es decir, nunca salí de la escuela. Fue mi decisión. Ahora, todo es muy diferente. La figura de la elegante, culta y estricta “Doña P” ha desaparecido para siempre. Unos piensan que para bien, otros que para mal. Qué decir… la infancia solo se vive una vez. Unos años más tarde esta escuela se fundió con un colegio más grande y más actual. Pude sobrevivir gracias a eso, y a que afortunadamente mi familia era y es maravillosa.

Dedico esta entrada a Mari Asun, Mari Angeles, Isa Mari, Esme, Pablo, Alvaro… y todos aquellos compañeros que estudiamos en la escuela de “Doña P.” juntos, pero no revueltos… y por supuesto, sentados en alas separadas. Si algo quedó de entonces es mi amistad con Mari Asun (nombre de la infancia) a la que conocí a los seis años y que continúa hoy, con la misma fuerza después de más de treinta, y a pesar de los avatares del destino… Algo me hizo esa escuela antigua, crear lazos de solidaridad que duran toda una vida.

La Feria y el amigo encontrado

El WOMAD me hizo recordar a un amigo perdido. Mucha gente que lo leyó me preguntó por él. Simplemente era un amigo del alma, al que la vida le hizo tomar un camino diferente, y de repente, un día  te das cuenta de que a lo largo de ese camino, le has perdido. Llevo mal estas cosas. La amistad para mí es sagrada. De lo más valioso de este mundo… La Feria de este año me ha hecho reencontrarlo. No podía creerlo. Era él… nos hemos dado un abrazo de reencuentro, eso lo primero, y después hemos hablado entre la música, el polvo, el ruido y nuestros niños alrededor, aunque…sobran las explicaciones, los perdones y las excusas. Es mi amigo, el de siempre. Bienvenido sea de nuevo. Lo demás no importa.

La Metamorfosis: Mi niño es futbolista

Aunque en la adolescencia jugué al balonmano, en realidad un balón para mí, hasta hace poco, era solamente algo “redondo.” Nunca he sido capaz de ver un partido de fútbol entero, ni siquiera ayer que todo el mundo andaba enganchado al televisor. Recuerdo tardes de la infancia paseando con mis padres y el sonsonete de la radio emitiendo un partido de futbol… Me resultaba horrible. Y sigue sin gustarme el fútbol “comercial.” Sin embargo…

He sufrido una metamorfosis, no soy la misma, algo ha ocurrido en mí durante los últimos años: Soy madre de un futbolista.images[2]

Ser madre de un niño fubtolista te cambia la perspectiva de las cosas:

Ya la gente que corre detrás del balón no es anónima, es tu niño y sus compañeras y compañeros.

El público poco a poco deja de ser una masa, porque son los padres, los de aquel partido, viejos amigos en tu misma situación, el señor de la tienda y su hija… encuentros increíbles en esta “tercera fase de la metamorfosis.”

La portería, ese sitio insípido que nunca te dijo nada, se convierte en un olimpo sagrado lleno de magia para tus ojos, que van detrás del balón convirtiéndolo en objeto de tus mayores súplicas: “Que entre, que entre… que no entre, que no entre…”

De repente, y tras algunos partidos, vas cogiendo confianza y no te limitas a suplicar, entonces empiezas a gritar expresiones extrañas que jamás se te hubieran pasado por la mente, como: “gooooool” ó “vamos, vamos”, “¿qué pasa con ese árbitro?” Si te sorprende verte así, sólo basta echar una ojeada alrededor para ver al padre del equipo contrario que se tira de la corbata gritando, o a la mamá de pelo recien planchado, agitando el collar de perlas mientras vocifera “eso es fuera de juego.”

Al final te miras a ti mismo y miras alrededor y piensas… “Pero ¿qué hago yo aquí gritando, si jamás me gustó el fútbol y para lo único que lo nombraba era para criticarlo? “Esta misma opinión la comparten muchos de los hombres y mujeres con los que me he encontrado en los partidos durante los últimos años. Y es que… por la boca muere el pez, sobre todo por la de los peces que tenemos pececitos… Por cierto, el equipo de mi niño gano la copa del torneo.

“Reality” de Comunión

El domingo me tomé una cerveza con una amiga, al caer la tarde. No sabemos qué pasa con los domingos, pero suelen ser lánguidos, un poco aburridos, y con la presencia del lunes martilleandote en la cabeza constantemente. Acababa de leerme todos los periódicos y dominicales habidos y por haber, y la tarde se presentaba densa y aplastante sobre los hombros. Comencé mi nueva novela y me quedé dormida leyéndola, cuando sonó el teléfono y salí a tomar esa cerveza.

Fue en una terraza, y al lado celebraban una comunión. Lo menos importante era el pobre niño que se paseaba de un lado al otro como un monigote, más desconcertado que otra cosa. La familia, como suele suceder en muchos de estos casos, se había enzarzado en una pelea de órdago, que empezó con un pequeño incidente y acabó con el restriego de viejos rencores familiares desde la época de la creación hasta la edad de la criatura que celebraba su comunión. Mi amiga y yo, bastante incómodas por la indiscreción de asistir a la confesión de los más íntimos secretos de toda aquella familia, estuvimos a punto de irnos, pero tengo que confesar que algo me impedía moverme de la silla. Acababamos de pedir nuestra consumición y en el fondo, ya me intrigaba saber si finalmente se reconciliaban el hermano, la madre y el hijo, y si verdaderamente la nuera era una pécora como todos afirmaban. La cosa llegó a tal extremo, que incómodas ya, nos fuimos de allí, mientras alguien apaciguaba al grupo.

Mientras, el niño, avergonzado y con cara de susto, se paseaba de un lado a otro con su crucecita de oro al cuello. Sentí mucha lástima. No sé cómo nos cegamos de esta y otras maneras, en peleas familiares, divorcios traumáticos, separaciones hirientes y rencores que pueden llegar a hacer que alguien se comporte así con un hijo, un nieto, o un sobrino. La experiencia me ha enseñado que en estos menesteres poco importa la cultura. El que no da voces, da carpetazo al asunto y no vuelve a ver al niño, o a la madre o a quien sea… Hay rencores que mueven montañas. Siempre he estado en contra de estas cosas. Creo que por los niños hay que hacer lo que sea, callarse si es necesario, en algunos casos… Aunque hay personas a las que los niños les importan un “guevo” como a esta familia y a muchas otras.

En esa triste fiesta de comunión, mejor que se hubieran quedado todos en casa. A la gente de la calle nos ofrecieron una telenovela en directo. Fue patético aquello que escuchamos con morbo… yo la primera. Qué pena de niño… y su primera comunión. Qué pena una vez más, nuestro egoísmo, el de los adultos.

Diálogos infantiles: La magia de ser niño

bebe11Los diálogos de los niños de tres años se caracterizan por su falta de sentido. No hay conexión, simplemente  suelen ser , en la mayoría de los casos,  monólogos que ellos intercambian, a veces con interés, otras sin ningún interés en el compañero. Su egocentrismo les lleva a ello. Estos diálogos tienen un encanto especial que me fascina. Es el mundo del disparate; puro surrealismo en estado natural:

Niños de tres años:

– ¿Vienes a cenar a mi casa esta noche?

– No, porque por las noches es nochebuena y viene mi tía Juli.

– ¿Entonces eres mi amiga?

-Si, porque mi abuelo se llama abuelo y mi abuela se llama abuela.

Los de cuatro y cinco ya son diálogos propiamente dichos, pero son tan graciosos que podrías estarte todo el tiempo transcribiendo lo que dicen, aunque como suele ocurrir, se olvidan. Tengo en la memoria estos que comparto aquí  y estoy empezando a recopilar todos los que puedo. Entre estos diálogos está ese que me hizo especial ilusión de: “profe, ¿tú en qué trabajas?”

Diálogo de cuatro Años:

– La señorita Tere es una “geta”

– ¿Por qué?

– No sé, pero es “geta”, porque nos ha dicho que es “getariana” y come sólo verduras

Diálogo de cinco años:

Me ha dicho mi padre que los españoles conquistaron  a los “maricas “

– Profesora: ¿serán  las Américas?

– Ah, no sé…

Escuchar a los niños es fascinante. Sé que hay libros al respecto, pero estos diálogos son propios, de mis alumnos, excepto el de “Las Américas” que le ocurrió a una compañera. Cuando daba clases de música recogí también instrumentos y vocablos fabulosos que ellos inventaban, tan “ricamente”, por ejemplo:

Violoncímbolo

-cocheras y semicocheras

fucsias y semifucsias

Es una pena que de adultos perdamos la magia, porque yo soy de las personas que piensan (no puedo pensar en otra cosa dedicándome a lo que me dedico) que todos tenemos magia, pero que la sociedad nos hace perderla poco a poco… lástima…

Soy de Colores, soy vitamina “C”

 

naranjas 

 

 

 

 

 

 

 

Hoy estoy naranja, hoy soy Vitamina “C” para mi familia.  

Hay días que estoy sensible. (de los 30 del mes, 29) así es que hoy es uno de ellos. Ya empecé ayer y hoy continúo. Pero no estoy sensible de mal humor, sino con esa sensibilidad que te hace ver películas románticas, escuchar la Kiss FM, leer libros de poemas y esas cosas. Es decir, ayer comencé a estar un poco “Pink” que diría alguien y progresivamente me he tornado naranja.

Siempre es mejor estar pink o naranja que estar gris. Estar gris es estar muy triste y ser plano, y si hay algo en mi vida es la ausencia de lo plano. Mi vida es más bien un abstracto lleno de curvas y colores. Lo plano me da grima, lo recto, la linea… la linea recta, el encefalograma plano, osea, la muerte. No. Mejor las curvas, la vida… aunque te equivoques y aunque te haga estar “Pink” o de otros colores:

También se puede estar verde, verde como los viejos verdes, o verde porque no te sabes nada del examen… o verde porque estás llena de esperanza…

Del mismo modo existen chistes verdes al igual que prensa rosa, prensa amarilla,  novela rosa…

Puedes estar amarillo de envidia…

Puedes ponerte morado de comer, por ejemplo, bocadillos de patatera…

Puedes de todos modos estar azul, azul de miedo, azul de pánico…

Puedes estar blanco como la pared, o blanquear algo (En España es un deporte muy común entre la gente adinerada…)

Puedes estar rojo… rojo de ira, rojo de pasión, rojo de verguenza…

Hoy soy naranja… estamos en época de resfriados preveraniegos y el resfriado entró en mi familia.

Hoy estoy naranja, hoy soy Vitamina “C” para mi familia.

 

El Amor con Zapatitos de Charol

No se por qué, pero por lo que escucho a mis amigos y amigas, la gente que escribe o es aficionada a escribir, suele tener, o ha tenido una vida sentimental desastrosa. Pienso que quizás la literatura nos ha dado una visión demasiado grande del amor. Nos gusta, quizás, pasear por las nubes, construir dioses de barro y vivir pasiones que raramente se pueden “vestir en zapatillas” y uso esta metáfora del poeta Alfred Musset y su amada, George Sand, en el libro Los hijos del siglo de Francois-Olivier Rousseau, un libro que me gustó mucho porque habla de eso, de la pasión, y creo que esa metáfora la define muy bien. amistad

Ahora que tengo un amor que me viste la pasión con zapatos de charol, me hace pasear por las nubes después de años, y me aferra a la tierra cuando hace falta; ahora que soy feliz, aún sigo atrapada un poco en el miedo. El amor es grandioso, pero pasear por las nubes me ha enseñado que en cualquier momento puede desatarse la tormenta. Visto zapatitos de charol y paseo por las nubes, pero llevo un pequeño paragüitas de colores… aunque no me impide amar con desmedida, porque no sé hacerlo de otra forma.