Sabores de Sevilla

La Semana Santa de Sevilla me transporta sobre todo a los aromas y sabores. Puedo verme en  la  joven embarazada que era yo entonces,  en las interminables esperas a los pasos  majestuosamente ornamentados; en  el bullicio de la gente, el  cansancio… y sobre todo, en  la ilusión de sentir una vida nueva dentro de mí, único pensamiento que entonces me importaba, aunque la primavera allí fuera el imperio de los sentidos.

  Ella me cocinaba potaje de garbanzos y casi  puedo sentir todavía  el sabor del comino. Para merendar comíamos  torrijas, suaves, esponjosas, rebosantes de miel. Cuando llegaba la hora, nos asomábamos a ver a los ” armaos”, los soldados de la Centuria Macarena. Vivíamos en parte de ese barrio, así es que de muchas casas salían los “armaos” para dirigirse a la procesión.  Ella se emocionaba al verlos: ” mira, mira, niña, que ya salen” y contemplábamos el porte majestuoso de los soldados cubiertos por  las vestiduras rojas, y  los cascos de plumajes enhiestos. Esa es la imagen de  la Semana Santa de Sevilla, una que  lleva su nombre, el  de la abuela de mi hija, aquella mujer buena,  dulce y cariñosa, que cocinaba para nosotros, aunque fuera de madrugada, y que metía las torrijas en una merendera para que me las comiera a la vuelta del viaje. Un beso de agradecimiento desde la enorme distancia, con sabor a miel, como  tú, dulce Felisa.

Vuelta a Memory Lane

El fin de semana fue luminoso: chocolate, sol,  y la noche de los teatros de Madrid. Maravilloso El Mercader de Venecia en el teatro Alcázar. Había tantas ofertas que te hacían dudar, pero elegimos esta obra del maestro Shakespeare, con gran acierto. Fantástica ,para mi gusto, en todos los aspectos.

Volver a mi ciudad vieja ha coincidido, sin embargo, con las nubes. Vuelta a la interminable lluvia de este año. Irremediablemente, vuelta a los recuerdos. He cogido  una foto para hacerle copia. Es preciosa, y está fechada el 29 de diciembre de 1963. A mí me quedaban aún años para nacer… Es una foto ya sepia.  

Ver fotografías antiguas aviva los sentimientos, pero es una tentación inevitable. Esta  que comentaba de 1963,  es de un estreno en el cine Coliseum de mi ciudad. Todos los empleados visten  sus trajes de gala.  Porque un estreno era día de fiesta y solían acudir los actores e incluso los directores. En la imagen y delante de los acomodadores, aparecen  las señoras de la limpieza, con sus batas oscuras, muy sonrientes. Agachado, en primera fila, el chico de los caramelos, con una gorra y una caja de golosinas sobre las rodillas. Al fondo, los carteles de las películas pegados a la pared  y a un lado, mirando a la cámara, él, mi padre, también con su traje de gala… Por detrás, nos ha dejado  escrito el nombre de la película: Los muertos no perdonan, un título un tanto funesto, pero es que se trataba de una película de terror al uso de las de la época. También  aparece  escrito por detrás, el nombre de su protagonista, Javier Escrivá, que aparece fotografiado en el centro. Por lo visto, está  presente, también,  el director: Julio Coll. Pero a este ya no le reconozco, sin embargo,  Javier Escrivá, está guapísimo. No en vano fue un galán de la época. Hay muchas fotos interesantes en esta caja mágica. Todas antiguas,  maravillosas y especiales.

Las sorpresas de primavera

El viernes ocurrió algo mágico en mi clase. Creo que todo sucedió  porque al hacer la limpieza, siempre dejan una ventana abierta, el caso es que un conejo verde, a decir por las explicaciones de alguien que le vio salir, se coló por la ventana y dejó un montón de huevos de Pascua escondidos por todo el aula. Eran de colores brillantes y los recibimos con mucha ilusión. Los peques gritaban de alegría… creo que nos ha visitado porque son unos alumnos fantásticos y han aprendido muchas cositas durante este trimestre. Para mí también dejaron huevos y  para todos los grandes y peques de la escuela. El chocolate endulzó nuestros labios y nuestros corazones… Las lágrimas dejan arcoiris, sobre todo si tienes al lado a alguien, con quien has decidido compartir tu vida, y  que sabe pintarte de colores cada día. Es cierto, estamos comenzando la hermosa primavera…

LA MADRUGADA

  Nos levantábamos a media noche. Mi madre tenía las túnicas de color morado preparadas y planchadas, al igual que las capas blancas con la cruz roja de Santiago. Medio dormidos, nos ajustábamos unos a los otros el fajín, que nos habían preparado en la espartería de enfrente del Gran Teatro. Había que abrigarse bien, porque no sabíamos cómo se iba a presentar la madrugada. Con nuestro capuchón de cartón forrado de tela morada, al igual que la túnica, y con el cirio en la mano, cubierta cada una con un guante blanco, nos encáminabamos a la plazoleta de Santiago, para llegar a tiempo y podernos poner al lado del Jesús de Nazareno. Ese era el objetivo. Todo me causaba emoción: Los tambores, el olor de los cirios y de las flores, las imágenes, la música, y sobre todo el fervor con el que lo vivía mi padre.

Después de recorrer las calles empedradas de la ciudad antigua, escuchar las saetas en el Adarve y en la puerta de Mérida,  y sentir el cansancio y el frío del alba…veíamos amanecer a través de los agujeritos del “capuchón”, y entonces llegábamos al fin. El vaho del aliento de la noche mojaba la tela morada de la capucha ,y  junto al  pelo alborotado y los ojos somnolientos de los que se iban marchando, el día  nos anunciaba el final del Jueves Santo. Si decía que no podía más, me explicaban que así era la vida, un camino de esfuerzos por conseguir algo, y que ese algo era importante si  lo hacíamos con amor. Así lo aceptaba yo, con mucha ilusión a pesar del cansancio. Después venían los churros con chocolate y dormir… y la pena porque casi, casi, había terminado ya la Semana Santa.

Con los años, nunca más volví a repetir aquel ritual. Asisto con amigos, o con mi pareja  y le explico a la gente en qué consiste cada cosa, cada paso…como si yo fuera una turista. Sin ser en mi vida adulta, creyente en estas costumbres, no puedo más que emocionarme siempre y llorar ante la procesión de la madrugada.Quizás este año, más que nunca.  Efectivamente, no soy una turista. Es algo enclavado en mi niñez, y no puedo menospreciarlo sean cuales sean mis ideas de mujer adulta, como tantas y tantas cosas de Cáceres, esa ciudad que con sus defectos o sus virtudes, sigue siendo profundamente mía.

El vaquerillo (Gabriel y Galán)

Tengo la niñez poblada de historias que también vinieron envueltas en poemas. Un lugar importante lo ocupaba Gabriel y Galán. En mi casa se nos recitaban sus poemas  como si te contasen un cuento: El cuento del vaquerillo, el de Rosa la ciega, el de la Cabrerilla…Estas  poesías castellanas y extremeñas se leían y se recitaban con frecuencia, y también las de muchos otros poetas. No puedo saber exactamente por qué en estos momentos me ronda esta del Vaquerillo. Quizás le gustaba especialmente a mis padres. Aquí la dejo e iré dejando otras que me gustan , porque  conformaron mis primeros aprendizajes, que como  casi siempre,  vinieron de la mano cariñosa, natural y autodidacta de mis padres, cuyas únicas pretensiones eran, creo yo, las de entretenernos en una época en la que sólo había dos canales de televisión y mucho tiempo libre. Porque los padres aún no hacían lo que un amigo mío llama ” childring” , es decir, tener a los niños ocupados toda la tarde fuera de casa, en clases particulares de todo tipo:                

                                                                                                  

He dormido esta noche en el monte
con el niño que cuida mis vacas.
En el valle tendió para ambos
el rapaz su raquítica manta
¡y se quiso quitar-¡pobrecito!-
su blusilla y hacerme almohada!
Una noche solemne de junio,
una noche de junio muy clara…
Los valles dormían,
los búhos cantaban,
sonaba un cencerro,
rumiaban las vacas…
y una luna de luz amorosa,
presidiendo la atmósfera diáfana,
inundaba los cielos tranquilos
de dulzuras sedantes y cálidas.
¡Qué noches, qué noches!
¡Qué horas, qué auras!
¡Para hacerse de acero los cuerpos!
¡Para hacerse de oro las almas!
Pero el niño ¡qué solo vivía!
¡Me daba una lástima
recordar que en los campos desiertos
tan solo pasaba
las noches de junio
rutilantes, medrosas, calladas,
y las húmedas noches de octubre,
cuando el aire menea las ramas,
y las noches del turbio febrero,
tan negras, tan bravas,
con lobos y cárabos,
con vientos y aguas!…
¡Recordar que dormido pudieran
pisarlo las vacas,
morderle en los labios
horrendas tarántulas,
matarlo los lobos,
comerlo las águilas!…
¡Vaquerito mío!
¡Cuán amargo era el pan que te daba!
Yo tenía un hijito pequeño
-hijo de mi alma,
que jamás te dejé si tu madre
sobre ti no tendía sus alas!-
y si un hombre duro
le vendiera las cosas tan caras!…
Pero ¿qué van a hablar mis amores,
si el niñito que cuida mis vacas
también tiene padres
con tiernas entrañas?
He pasado con él esta noche,
y en las horas de más honda calma
me habló la conciencia
muy duras palabras…
Y le dije que sí, que era horrible…,
que llorándolo el alma ya estaba.
El niño dormía
cara al cielo con plácida calma;
la luz de la luna
puro beso de madre le daba,
y el beso del padre
se lo puso mi boca en su cara.
Y le dije con voz de cariño
cuando vi clarear la mañana:
-¡Despierta, mi mozo,
que ya viene el alba
y hay que hacer una lumbre muy grande
y un almuerzo muy rico… ¡Levanta!
Tú te quedas luego
guardando las vacas,
y a la noche te vas y las dejas…
¡San Antonio bendito las guarda!…
Y a tu madre a la noche le dices
que vaya a mi casa,
porque ya eres grande
y te quiero aumentar la soldada…( Gabriel y Galán)

 

La canción del Olvido

Comienza un nuevo “puente”, el del Día del Padre. Es obligada mi felicitación especial para todos los papás, incluído por supuesto, el mío, desde el recuerdo. Lo hago con una  de sus zarzuelas favoritas: “La canción del Olvido“. No todas las niñas tuvieron la suerte de escuchar esta música en su casa…Yo aprendí las letras de memoria, gracias a él y a su sensibilidad musical: Un tocadiscos de color verde, marca Philips, un LP con la zarzuela, las letras en la parte posterior de la carátula y mi casa llena de la ” Primorosa clavellina” o de ” Marinela”. No en vano fue  mi padre en su época  un magnífico “bajo”. Dos piezas maravillosas para disfrutar en el recuerdo y para no olvidar nunca….Jamás.

La falsedad y el sentimiento

Cuando la abuela Paula se fue, yo tenía seis años. La casa se llenó de silencio sin que pudiera entender por qué. Al ir a encender la televisión, mi padre soltó un vozarrón de gigante. Cuando alguien que siempre hablaba con tanto cariño, soltaba una tremenda voz, es que algo grave ocurría. En efecto, algo muy grande  debía pasar  para que no se pudiera poner la televisión. Mi madre me explicó que la radio tampoco, ni el tocadiscos. Estábamos de luto.

La mesa camilla se convirtió en un rosario de gente vestida de negro. Hablaban y lloraban a ratos, y me besaban entre lágrimas, así es que yo me encerraba en la habitación de mi otra abuela y me escondía dentro del armario, que olía a café y a jabón. No puedo saber qué es lo que pensaba entonces, pero desde luego, nada bueno a juzgar por el amargo recuerdo que tengo de aquellos días. Afortunadamente, mi familia trabajaba en el cine de la ciudad y cuando ya no aguantaba más, alguien me llevaba al cine a ver lo que fuera. Daba igual la hora o si la película estaba a la mitad. Siempre que no fuera de mayores, podía entrar. Quizás de ahí deba mi afición al cine en los malos momentos. La luz que se apaga, una historia que se enciende, y tu vida real que se esfuma… De hecho, estos días he ido al cine.

Doy gracias a la vida porque los tiempos han cambiado. Nuestra mesa se llena de gente ofreciendo cariño y palabras de ánimo. La vida continúa fluyendo su curso de penas y alegrías , sin que el dolor desaparezca en ningún momento. Pero nadie te clava el estoque en el corazón para que sufras más de lo que la pena de una muerte impone. Pocas personas han salido de esta tónica de animarnos y darnos calor. Algún comentario oscuro sobre mi actitud de normalidad, o algún comentario morboso sobre mi boda próxima.

Voy a casarme. Mi padre así lo deseaba y mi madre así lo desea. Así lo queremos nosotros y así lo desea la gente que me quiere y me estima. No hay ninguna bandera negra en mi ventana. El luto lo llevo en el corazón y que nadie se atreva a hacer interpretaciones erroneas de la dimensión de mi dolor, que no tiene límites por muchos colores que me ponga o por muchas veces que me case. La silla de mi padre está vacía, ahora y siempre. Que nadie ose a querer sufrir más de lo que podemos hacerlo mi madre y sus hijas. Nuestro dolor es sólo nuestro.