Aquellas amargas cucharadas

La psicología era una palabra desconocida en mi infancia. Se educaba a golpe de instinto, de costumbre, de buenas intenciones en la mayoría de los casos. Y no todo era malo, aunque a veces, me sorprendo de cómo logramos sobrevivir a ciertas experiencias.

Miro mi mesilla de noche: tres libros ( Haikús, novelas), pulseras, cascos de música, una muñequita negra regalo de Surinam, un tigre separador de libros, una botella de agua, teléfono móvil, pendientes, un cuadernillo para escribir. Miro todo esto y pienso en el rechazo que me han producido siempre los dormitorios convencionales de mi infancia, con el crucifijo arriba y la oscuridad adentro. Salas de tortura para el sueño o el reposo, extraños escenarios para el placer, trampolines, a veces,  para el sueño eterno. Nunca he querido un dormitorio convencional. Me espantan.

Quizás todo ese rechazo venga de los velatorios que pasé con mi madre siendo niña: casas que visitabas para reunirte con gente que murmuraba rezos y charlas,  junto a la familia doliente llorando un luto riguroso. Los niños y niñas como yo, contemplábamos el drama sin más, sin ningún pudor por parte de nadie, sin que nadie reparase en el efecto demoledor que podía causar en nosotros.

Recuerdo así, especialmente, la visita dolorosa que realicé con mi madre a una familia que acababa de perder en un accidente a sus dos hijos en plena adolescencia. Recuerdo el dormitorio con los dos muchachos de cuerpo presente, los gritos,  ahogados ya por las horas de llanto, de la madre, que en una letanía constante repetía dos nombres que no voy a olvidar nunca y que aún tengo en mi mente, como un poema macabro. ¿ Por qué asistí a este espectáculo? Aún no me lo explico. Así eran las cosas entonces… te daban cucharadas de vida a toda velocidad y sin posibilidad de masticarla, ni digerirla, y aquí estamos.

Pienso ahora en nuestros jóvenes y niños, tan ñoños, tan faltos de realidad en muchos aspectos. Los niños de mi infancia deespués de una visita así,  nos íbamos a casa, nos daban pan con nocilla y a jugar. Así es que te metías por la noche en la cama… y todos los fantasmas danzaban a tu lado. Recuerdo esto ahora, mirando mi mesilla y mi alcoba llena de luz y de desorden vital. No podría dormir de otro modo.

2 pensamientos en “Aquellas amargas cucharadas

  1. Me has llevado a mi infancia, me tocó vivir cosas parecidas. Pero también recuerdo cucharadas deliciosas, ¿llegaste a tomar Calcio 20?, …qué rico, ummm.

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