Jugar

Llevo durante años, empezando la clase del día con juego libre. A veces, la presión del trabajo no me deja, pero cuando estoy con niños de tres años es una regla de oro. Hay gente que se sorprende, o le cuesta entenderlo. También puede prestarse a interpretaciones erroneas, sin embargo, aparte de las teorías y autores que lo defienden como esencial para el desarrollo de la inteligencia , esta práctica surge en mi quehacer profesional de un convencimiento absoluto, por mi parte, de sus beneficios. Tras más de veinte años de docencia, he comprobado que los niños a los que doy un lugar y un tiempo libre de juego,vienen a clase más motivados, son después más  despiertos, disciplinados, más ordenados, mucho más concentrados en el trabajo, más silenciosos a la hora de trabajar, mucho más relajados y sin exageraciones, más felices. A veces nos preocupamos tanto de los resultados que se nos olvida que el camino que tomemos para conseguir un objetivo en Educación Infantil es muy importante. En este caso, el fin no justifica los medios, porque los medios son tan importantes como el fin.  Como me dijo un profesor de música en un curso una vez : “Nos preocupamos tanto de pesar el pollo, que nos olvidamos de darle de comer”. Jugar es esencial, y un ambiente demasiado reglado y estructurado mata la espontaneidad. A veces, no lo consigo, por  la presión de los libros de texto, y de los horarios, pero siempre que puedo lo hago, dejo un espacio en el aula para el juego libre, no como recompensa de nada, sino  como tiempo esencial en sí mismo. Es asombroso lo que pueden hacer los niños bajo nuestra supervisión, pero sin nuestra intervención, o con la mínima.  Muchas veces he obtenido manualidades, dibujos, juegos, dramatizaciones maravillosas.  Mi mensaje es que nadie se estrese ( incluidos los padres) con las dichosas fichas comerciales… son una herramienta, no un objetivo en sí mismas. A mí, como a todos me ayudan, pero la mayoría de las veces, me asfixian. Y hay alguna con la que hemos hecho un cucurucho,  por lo fea que era, y por no tirarla . Eso me lo enseñó a hacer, rompiendo el tabú,  un compañero, un artista, literalmente. Gente de la que aprendo a diario.

Sensibilidad

Leyendo estas palabras en la  introducción a una biografía de Marilyn Monroe, pensé en algunas personas a mi alrededor, y llegué a la conclusión de que encierran una gran verdad:

“Si las personas escasamente sensibles e inteligentes tienden a hacer daño a los demás, las personas demasiado sensibles y demasiado inteligentes tienden a hacerse daño a sí mismas.” (Antonio Tabucchi)

Cinco minutos

Cinco minutos son cinco minutos, pero a veces, no parece estar una tan segura:

Adoro los  efímeros y veloces cinco minutos en los que prolongo el sueño tras la alarma del despertador. Tan dulces, tan ansiados, tan insignificantes y placenteros.

Recuerdo aún como una corriente de electricidad, los cinco minutos previos a una cita de amor.

Largos los cinco minutos de espera en una prueba de embarazo.

Eternos los cinco minutos de  espera, en algunas respuestas.

Necesito tan sólo cinco minutos para olvidar o recordar algunas cosas, y toda una vida para olvidar otras.

Misa

Ayer, una peque  especialmente “peleona” entró por la puerta de la clase muy ufana y  le dijo a mi compañera, nada más entrar : ” Que voy a pegar lo que me de la gana, y  que dice mi padre que tú digas ‘ misa.’ ( qué “majo” el padre … al menos nos ha hecho reir un rato.)

Unos zapatos para el camino

Una antigua compañera le regaló a su hija pequeña, por su primera comunión, el aparato para corregir los dientes… No es una broma, es real. Mi compañera educó a sus hijos, hoy mentes brillantes, de una forma tan espartana que a mí me causaba espanto. Hoy, viendo lo dura que es, a veces, la vida, pienso que no andaba tan equivocada al preparar a sus hijos para un camino difícil. Cuando la conocí, andaba yo por los veinte años y  aún pensaba  que la vida era un poco  parque temático lleno de colores y juegos, donde veníamos a pasarlo bien y a disfrutar sin límites,y  y que si nos encontrábamos  con problemas , eran sólo producto de la mala suerte. Estaba muy equivocada. Todo venía en el mismo paquete: La vida.

 En la actualidad, con el paso de los años, creo que es cierto que la vida esta llena de colores y de ilusiones y que siempre hay un sol que sale cada día. Pero no es menos cierto que el recorrido  está lleno de dificultades, de problemas, de piedras que se nos clavan en los pies. A veces pienso que a muchos  no nos han educado para la dureza de este camino, y que todo eso que nos hace desfallecer: las rupturas, las caídas, los desengaños, las enfermedades, la muerte, no son producto de esa mala suerte, que egocéntricamente parecemos alegar a veces, sino sólo eso: Parte de la senda. Quizás muchos de  nuestros mayores, de  nuestros padres y abuelos, fueron educados para caminar con unos zapatos más duros que los nuestros.

Conexiones

El padre de una de mis amigas, maestra también, murió hace años, y ella se lo comentó a los alumnos, niños de infantil,  a principios de curso. La semana pasada, recibió la llamada de un amigo advirtiéndole del mal estado de la carretera con la lluvia, y ella agradecida, le contestó en broma, delante de los niños: ” Vaale, gracias, papá”. Al rato, un pequeño se acercó con mucho misterio para decirle : ” profe,  ¿En el cielo, de verdad, hay móviles?”

Hospitales

Es costumbre en mi tierra, “acampar” en los hospitales cuando un familiar está enfermo. El extremo de esta costumbre lo econtraríamos en la raza gitana. Pero los demás, tampoco nos quedamos cortos. Imagino que en las ciudades grandes esto ya no existe, o se va perdiendo, y reconozco que tiene su parte e imagen tercermundista. Pasear por un pasillo de hospital a media noche, es como estar en un camping:  madres, padres, maridos, mujeres, hijos o  hijas de enfermos se mueven entre  mantas, toallas, zapatillas, bocadillos…Reconozco que es molesto, pero no puedo obviar su parte de encanto, sobre todo por lo que tiene de apoyo psicológico para la gente que está hospitalizada, y por qué no, también para el resto de familiares que nos solidarizamos por los pasillos. La gente acompañante está, estamos, blancos, con caras somnolientas y  un tanto desmadejados, a pesar de querer mantener el buen aspecto. En los rostros se aprecia la tristeza o la alegría de los momentos de evolución o retroceso. Sin contar con las terribles escenas de dolor, cuando los acontecimientos resultan fatales.

Los hospitales no son agradables. No huelen bien. No son un lugar festivo. Son prisiones obligadas del dolor y excepcionales encuentros de alegría cuando todo resulta bien. Estar dentro es duro. Acompañar tampoco es fácil, y pasar las noches al lado de la persona enferma , es a veces, un tormento. Pero continúo defendiendo esta antigua costumbre de estar al lado para ofrecer una mano de ayuda, un pañuelo, una cuña, una zapatilla, una sonrisa, un mensaje de cariño sin necesidad de grandes explicaciones.  Resulta, que incluso en los momentos más dramáticos, puedes econntrar algo que te haga sonreir: Así pude ver como un abuelete, con evidente desconocimiento de todo lo relativo al hospital, se  desenganchó la via del gotero y la metió en su vaso de agua. La respuesta que dio a las enfermeras era muy lógica: ” Se había terminado ¿no? ” Tengo que admitir que no pude contener la risa, y sobre todo cuando escuché detrás de la puerta a la hija: ” No vuelva a hacer esas tonterías, eh padre…, hay que ver…” Cuando se abrió la puerta, el abuelete descansaba sobre la cama con su garrota. Parecía flotar por encima de todo, como si todo aquello no fuera con él. Tenía cara de pillo. Me hizo sonreir.