Hospitales

Es costumbre en mi tierra, “acampar” en los hospitales cuando un familiar está enfermo. El extremo de esta costumbre lo econtraríamos en la raza gitana. Pero los demás, tampoco nos quedamos cortos. Imagino que en las ciudades grandes esto ya no existe, o se va perdiendo, y reconozco que tiene su parte e imagen tercermundista. Pasear por un pasillo de hospital a media noche, es como estar en un camping:  madres, padres, maridos, mujeres, hijos o  hijas de enfermos se mueven entre  mantas, toallas, zapatillas, bocadillos…Reconozco que es molesto, pero no puedo obviar su parte de encanto, sobre todo por lo que tiene de apoyo psicológico para la gente que está hospitalizada, y por qué no, también para el resto de familiares que nos solidarizamos por los pasillos. La gente acompañante está, estamos, blancos, con caras somnolientas y  un tanto desmadejados, a pesar de querer mantener el buen aspecto. En los rostros se aprecia la tristeza o la alegría de los momentos de evolución o retroceso. Sin contar con las terribles escenas de dolor, cuando los acontecimientos resultan fatales.

Los hospitales no son agradables. No huelen bien. No son un lugar festivo. Son prisiones obligadas del dolor y excepcionales encuentros de alegría cuando todo resulta bien. Estar dentro es duro. Acompañar tampoco es fácil, y pasar las noches al lado de la persona enferma , es a veces, un tormento. Pero continúo defendiendo esta antigua costumbre de estar al lado para ofrecer una mano de ayuda, un pañuelo, una cuña, una zapatilla, una sonrisa, un mensaje de cariño sin necesidad de grandes explicaciones.  Resulta, que incluso en los momentos más dramáticos, puedes econntrar algo que te haga sonreir: Así pude ver como un abuelete, con evidente desconocimiento de todo lo relativo al hospital, se  desenganchó la via del gotero y la metió en su vaso de agua. La respuesta que dio a las enfermeras era muy lógica: ” Se había terminado ¿no? ” Tengo que admitir que no pude contener la risa, y sobre todo cuando escuché detrás de la puerta a la hija: ” No vuelva a hacer esas tonterías, eh padre…, hay que ver…” Cuando se abrió la puerta, el abuelete descansaba sobre la cama con su garrota. Parecía flotar por encima de todo, como si todo aquello no fuera con él. Tenía cara de pillo. Me hizo sonreir.

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