La nieve del 22

Es inevitable pensar, estos días, en cómo nos marca la infancia. Tiendo a repetir todo lo que hacíamos de niña en mi casa, y no siento pena, quizás la obligada nostalgia, no más. Cuando puse el “belén” lo hice sonriendo. Veía a mi padre detrás de cada figurita, entusiasmado, colocando los pastores  en sus puestos, con el tocadiscos a un lado de la mesa y la música de los villancicos  invadiendo el comedor. En mi infancia, además, el día 22 “nevaba”, es decir, mi padre esparcía polvos talcos sobre las figuritas del portal,  la noche anterior, para que amaneciera un paisaje nevado, que contemplábamos atónitas, con el fondo musical del sonsonete de la lotería en la televisión. Una letanía que sonaba con pesetas.Y todo lo creíamos, porque queríamos creerlo. Así es que cuando miro el belén de mi casa, o de cualquier otro lugar, me asalta la sonrisa de mi padre y el recuerdo de la nieve, su nieve del día 22.

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