Las mañanas al sol

Las mañanas de los fines de semana, durante el mes de mayo, mi amiga Sara y yo, cuando estábamos en el instituto,  nos despertábamos muy temprano para subir a la montaña. Al llegar de nuevo a la ciudad, rendidas, nos encontrábamos con la ducha, el zumo de naranja y el desayuno. Era como un ritual. Después nos poníamos a estudiar hasta el mediodía. Pero en el medio, nos llamábamos por teléfono, para saber si llevábamos buen ritmo, si nos faltaban pocos o muchos folios, si todo iba bien. Pero en realidad, se trataba de hacer un descanso, seguir hablando, tomarse un respiro. De cómo teníamos un  millón de cosas que  decirnos,  habiendo estado juntas un rato antes, creo que es un misterio de la adolescencia.

Las mediodías en la plaza era gloriosas, llenas de sol, de proyectos, de ilusiones. Porque Sara y yo pensábamos vivir juntas. Tener pareja no era opción, porque eso quedaba muy lejos… Mi amiga y yo rebosábamos vida, y la primavera estaba entonces, realmente llena de color.  El bello color que tiene el  futuro cuando eres muy joven.

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