La calle de las conchas

Todo comenzó de la manera más tonta, como un juego improvisado de niños: una mañana soleada, un día alegre de pesca, la tormenta, la tempestad,  oscuridad y silencio.

La isla era pequeña, un punto en el inmenso océano, pero aquel náufrago la transformó para él mismo y para su placer, en su calle favorita: la calle de las conchas; un solitario paseo de arena en el que enterrar los huérfanos pensamientos que poco a poco se hacían más absurdos, más lentamente humedecidos por la locura de la soledad del mar.

En medio de un voraz silencio, crecía el espejismo de su mente cada vez más teñida de fantasmas, y soñaba noche a noche con ser el sereno de esa calle en la que ningún vecino dormía, porque todos se despertaban a media luz, aullando gritos de insominio dolorido y suplicando llaves ocultas en algún fondo marino, que el sereno de la calle de las conchas no podía devolverles.

Apenas lograba dormir al amanecer, y es entonces cuando mecido por los recuerdos, navegaba en aquel pequeño barco pesquero del que un día fue lanzado a la deriva. Veía entre brumas los rostros de sus amigos, su familia, su padre, aquel viejo pescador de barba roja y rizada que, mientras fumaba su pipa, le fue enseñando los entresijos del oficio.

Cómo llegó a aquella isla no lo comprendía. Su pueblo estaba cerca del mar ¿ Qué fue de él? ¿qué fue de su barco pesquero? ¿Qué había ocurrido con el tiempo, su pasado, su futuro, las horas? Al despertar, con el sol cegándole los ojos, miraba al mar, ya en calma, y procuraba seguir siendo humano, sonreir al horizonte. Aunque lo sabía, sabía que sonreir a veces no es nada fácil, por eso hay que mirar la hora para ocupar esos segundos . Pero no había reloj que maracara ya su tiempo. El día, la noche, su cuerpo y el mar le habían arrebatado la cordura. 

 Esa noche decidió caminar hacia las olas, ir a buscar las llaves que no podía entregarle al viento. Caminó despacio, con la espuma lamiéndole los pies, y se fue adentrando en otra calle más húmeda y profunda, más ancha, más honda …hasta que ya no quedó ni un punto de él.

Atrás dejó, tendidas en la arena, las horas perdidas, los pensamientos mojados, la soledad acartonada por el sol y la arena; sus pocas pertenencias desparramadas por  la playa, ahora desierta.

Todo quedó así, como una baraja después de la partida: silenciosa y culpable.

(Este texto es un ejercicio de escritura consistente en improvisar una historia con personajes y objetos elegidos al azar. En suerte me tocó: sereno, barco pesquero y pipa.  Las frases que pongo  en cursiva, también  nos venían dadas.  Escribirlo  fue muy divertido, así es que  lo comparto también aquí).

2 pensamientos en “La calle de las conchas

    • Hola Ricardo, bueno…ya sé que tú eres profe de talleres, así es que tendré un lector muy exigente. Me encantan los talleres de escritura.Olvido los problemas, conozco gente nueva, practico una afición que me gusta y procuro aprender . Llevo un par de años haciéndolos. Este ejercicio en concreto me ha encantado. Improvisar en un tiempo concreto en una hoja en blanco tiene su encanto. A mí me estimula mucho todo lo que sea un reto.
      Dice Orham Pamuck que escribe mucho cuando se enfada. A mí también me ocurre, la diferencia es que yo escribo en el blog y cuando se enfada un Premio Nobel le sale una obra maestra…ja ja

      Un abrazo

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