Mala memoria

En la escuela de mi infancia en los años setenta ( hablo de la mía, habría otras distintas)  , los niños y niñas nos sentábamos en pupitres situados en alas diferentes, dentro del mismo aula. Lo cual era un signo inequívoco de  pretendida modernidad… A la separación por sexos se unía la colocación ordinal según la inicial de tu primer apellido. Aunque estos puestos variaban según fueras más “lista” o ” torpe”, así es que si contestabas correctamente a todas las preguntas de los profesores podías mantenerte en los primeros puestos, y si no, te ibas a los últimos donde dormitaban los alumnos y alumnas menos estudiosos,  repetidores y mal hablados, que solían ser muy divertidos y divertidas.

Por mi apellido me sentaba la primera, un puesto que trataba de defender con uñas y dientes y que me resultaba menos difícil en Ciencias Naturales o en Lengua pero que me hacía sufrir  en matemáticas, pasando progresivamente hacia atrás. Esto no significaba que supieras más de las materias, sino simplemente que habías cogido el truco para responder a las expectativas de tus profesores acertadamente. Si tenías la suerte de estar delante  no te sentías  ” apestada” , porque había gente que vivía eternamente el los últimos asientos. Ser la tercera o cuarta se valoraba mucho. Ser del montón era la pura mediocridad y perder puestos era una humillación a la que te sometías con resignación. Imagino que ya te iban dando noticias  de tu futuro  puesto en la vida social y profesional…

Con estas colocaciones, uno iba creándose un concepto de sí mismo que respondía a las expectativas del profesor y que nada hablaba de   tu propia valía personal, que por otra parte no le interesaba a nadie. Pero que te marcaba para el resto de tus  vivencias. Salías por la puerta y ya estabas definida como una ” primera” una ” mediocre” o una ” apestada”.

Éste fue uno de los métodos de mi infancia. Aún no sé cómo sobrevivimos. Imagino que ha dependido de nuestro amor familiar, de nuestras circunstancias personales y de los avatares de la vida. Porque aquella demoledora máquina de destrucción de la autoestima pasó por todos y cada uno de mis compañeros y compañeras. Quizás algún día perdone a mi antigua escuela… estoy en ello. Pero no me gusta escuchar eso de que aquellos tiempos fueron mejores… porque  honestamente, y como profesional de la educación, es imposible. Sólo una mala memoria nos puede llevar a pensar así. A mí me la ejercitaron al máximo. Y recuerdo toda aquella barbaridad perfectamente…

4 pensamientos en “Mala memoria

  1. Esto me toca directamente, formaba parte de los apestados. La educación que recibí en el colegio no era la adecuada para una niña super sensible y que no supieron motivarla para que descubriera su valía y su inteligencia. Claro que nadie puede dar nada que no tiene , no me canso de decirlo, los maestros de mi infancia solo podían aportar lo que a ellos se les había inculcado “La letra con sangre entra” Imagino como puede haber sido su infancia y por ello los entiendo y los comprendo.

    Por eso es tan necesario un cambio en nuestra educación tanto a nivel escolar como familiar, un cambio que solo puede llegar a través de nosotros mismos. Una educación basada en el respeto y la libertad de cada niño.
    Hoy desde mi experiencia puedo observar como todos hacemos las cosas como se nos ha inculcado, son patrones y creencias que se nos han quedado grabadas y que son muy difíciles de ver, ya que no conocemos otra cosa.
    Abrazo

  2. Aprendimos algo importante: Que no queríamos más de eso. Y que deseaba ser maestra para ayudar a todos los niños que se angustiaban como yo. Y aunque la mayoría dice: ” ¡Qué tontería,yo no me traumaticé!” sus palabras no son muy ilustrativas. Porque sus vidas, y sus actitudes lo dicen todo…

  3. En mi caso, no dejaba de pasearme por todos los pupitres, cuando por fin llegaba al primer puesto de la clase, hablaba con la compañera y otra vez la última.
    Pero este “método educativo”, no sólo lo viví en primera persona en el colegio, sino que perduró hasta el instituto, ya en esta época me quedé en la parte de los apestados, tanto es así, que directamente mis queridos profesores “tan profesionales” lo único que se dirigían a mi persona, simplemente era para comunicarme “que yo no valía para estudiar”, y no sólo hablo de un profesor, como tampoco digo que fui la única a la que se lo comunicaron.
    Creo que en esos momentos mi autoestima quedó hundida en el fango, incluso me plantee seguir el sabio consejo de los que miraban por mi bienestar y mi futuro como eran mis inalcanzables profesores.
    Aunque estos años, los recuerdo como uno de los momentos más duros que he vivido, en cierto modo hoy en día me alegro, porque todo esto , hizo que me superase como persona, gracias a mi amor propio y a mi trabajo y constancia,pero sobretodo a mi familia.
    Al final tengo dos carreras universitarias y mis profesores me pidieron perdón por todo el daño que en su día me ocasionaron. Y lo que son las cosas, hoy en día ejerzo de maestra, una profesión que me apasiona y me fascina, pero lo que siempre he tenido claro desde que comencé en la educación es que “sabía lo que NO debía hacer jamás con mis alumnos.”

  4. ¿ Pero qué me dices….?¡¡¡¡si te saco un montón de años!!!! ¿En qué España hemos vivido?Pues esto sólo sirve para comprender que los sistemas pueden cambiar, pero antes tiene que cambiar la mente de los que estamos implicados.
    Afortunadamente, en mi instituto yo no viví nada de eso. Abrí mi mente a otros pensamientos y a otras ideas. Y tuve grandes profesores que aún recuerdo con admiración. Si no… es que es para morirse…del susto.
    De todas formas, tengo una amiga con dos carreras y un expediente estupendo a la que en un instituto de Cáceres le recomendaron que no tomase el camino universitario. Es un instituto de esos que se quieren dar prestigio a base de hacer daño moral…a los estudiantes. De esos que seleccionan para tener caché y se olvidan de su papel educativo.
    Mi instituto fue el Norba Caesarina de Cáceres y tengo grandes y muy buenos recuerdos. Y en especial de nuestro tutor durante los dos primeros años: J. Victor.

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