A Gritos

En nuestra cultura española, todos gritamos. Desde la infancia nos educaron a gritos. Gritos para enseñarnos a leer, a escribir, a comportarnos. Gritos para expresar las opiniones, el dolor. Gritos para asustar a los demás, para imponernos sobre los otros. Gritos para demostrar que alguien era más macho o más fuerte que tú y tú que él o ella. Gritos, en definitiva, gritos.

Cuando alguien no grita, parece que no sabe, que no expresa con contundencia su opinión, que no se impone, que no tiene dolor, que no es tan macho, o tan hembra, que no es tan fuerte…Nuestra cultura es la cultura del grito.

Quiero pensar que el dialogo llegará más tarde. Algún día, cuando en las casas, en las escuelas, en los trabajos, en las televisiones y  todo nuestro alrededor deje de gritarnos.

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Guerreras

Doña Paula andaba de una forma especial, muy derecha, con mucha elegancia, y nos enseñó que esa era la forma correcta de caminar. Aunque algunas y algunos estábamos tan asustados que los hombros se nos juntaban con la barriga. Al preguntar la lección carraspeaba, y hacía tintinear los aros  de la  pulsera de oro, mientras cerraba las pestañas para apuntar al blanco de ese día, a la vez que hojeaba la lista. Podía ver sus relucientes párpados bajo la luz del florescente. Y todo junto me mareaba: la luz, los párpados, el carraspeo, el tintineo, el silencio… Si tu nombre sonaba entre los condenados… Más te valía haber estudiado…

No era fácil sobrevivir en la escuela de Doña Paula. A mí me producía toda clase de males corporales e imagino que otros muchos que me duraban durante la noche en forma de pesadillas. Hay gente que tiene muy buenos recuerdos. Era una gran maestra de su época…pero para mí encarnaba uno de los mayores temores a los que tenía que enfrentarme cada día durante años…

Ayer vi a un antiguo compañero de ” Doña Paula”. Es uno de esos hombres que han tenido que emigrar a Alemania. Han pasado tantos años desde que sufríamos juntos en los pupitres… y eso une , así es que  le felicité emocionada por la valentía de trasladarse en estos momentos a otro país, después de quedarse sin nada…

“¡¿Qué valientes hemos salido los alumnos de Doña Paula, qué guerreros y guerreras no?!” Me ha dicho hoy una buena amiga, compartidora de suplicios escolares durante años, y le he dicho que sí, que hemos salido guerreros y guerreras porque… si sobrevivimos a aquello… ¡Qué remedio!

La España estancada

La España más conservadora nos dejó un legado del respeto basado en las formas. Da igual lo que pienses, lo que hagas o lo que digas mientras mantengas las formas. Da igual lo que sienta tu corazón, siempre es preferible engañarse para mantener las formas.

En el aire viciado de las casas, se estancaban empozoñados los dramas familiares, siempre en silencio… nunca pasaba nada, nunca se decía nada, nunca se escuchaba nada. Todas las casas funcionaban a la perfección y dentro se cocinaban como puro veneno las enfermedades del cuerpo y del alma que se arrastran de padres y madres a hijos e hijas.

En vano ha servido que la democracia abra las puertas y las ventanas de muchas casas. Hay lugares por donde el aire no corre. El silencio y el respeto a las formas lo sigue cubriendo todo. Un respeto que se impone a voces,  a base de desprecios, insultos y ausencia absoluta de comunicación, sin gruñidos animales.  Aún queda esta España entre nosotros. Por mucho que a veces, me niegue a aceptarlo y ahí están las mujeres muertas a manos de novios y maridos, que no son más que una milésima parte del iceberg que esconden los dramas familiares ocultos.

Eso sí, siempre en completo silencio.

No es de extrañar que algunas almas sensibles tengan que gritar y llorar para rasgar tanto silencio. Y mientras, que sigan los desahucios y los robos. Al fin y al cabo, todo pertenece a la misma España. La España que le tiene miedo a la libertad. A ser humanos, con nuestros momentos de felicidad, con nuestros dramas profundos, nuestras enfermedades,  nuestras imperfecciones.

La España  que se empeña en que no corra el aire…

A la hora de la verdad

Todos los momentos de la vida no son iguales. Los hay especialmente decisivos e importantes. Momentos en los que parece haber un gran silencio, y entonces puedes escuchar todo aquello que en otros momentos no escuchaste. También,  de repente, ves el rostro de todos los que te rodean. Se caen las máscaras y descubres realidades importantes. Es ese tiempo al que llaman “La hora de la verdad.”