El color de las pastillas

A los pocos minutos comenzaron a reirse. El vendedor de lotería hablaba de la pérdida de otro amigo con mucho sentido del humor . Y la anciana de al lado comentaba que a esa hora siempre se juntaban los mismos. Entonces llegó aquel hombre bajito, que tras sacudir los pies en el suelo, de sopetón comenzó a hablar de lo mál que estaba el país y  de su pensión alemana. Aquello causó al momento chistes y bromas sobre Merkel y su posesión del mundo. Él comentó que Alemania le pedía una fe de vida y otro hombre con camisa floreada y barba le preguntó su edad. Fue entonces cuando surgieron más risas al ver que llevaba mucho tiempo jubilado. Al momento, la anciana, el vendedor de cupones y el tipo de la camisa floreada comenzaron a elucubrar formas en las que Alemania perseguiría a nuestro compatriota para eliminar una pensión de sus arcas. El vendedor de cupones dio con la táctica: “Las pastillas. Han cambiado las pastillas, son más caras y han cambiado de color. Ahora todos los viejos se equivocan y la palman, seguro que esa es la táctica de Merkel “. Hasta entonces, yo permanecía callada y adormilada, aunque un tanto curiosa tras mis gafas de sol. Pero en ese momento solté una carcajada. Al rato todos nos estábamos riendo. Nos preguntamos por la edad y acabé descubriendo que ese jubilado que había trabajado en Alemania también  había jugado con un tío mío al fútbol en sus tiempos… Finalmente abrieron la sucursal bancaria. Habían pasado sólo diez minutos. Pero todos nos reíamos como viejos conocidos. Estas son las cosas que sí me gustan de mi país. Creo que esas risas cambiaron la perspectiva de mi día de trabajo con papeles…

Gily

Érase una vez un  chico  de provincias llamado Gily Puertas. Era sumamente irracional, tanto como para pensar que todo el mundo era igual a él. El resto del planeta tenía sus horarios, sus pensamientos y sus aficiones. Así es que cuando se encontraba con alguien diferente, Gily Puertas no entendía nada del asunto y se desconcertaba. Con esa idea de la vida pretendía conseguir altas metas espirituales y filosóficas, por ejemplo, hacerse rico. Y esa profundidad abarcaba toda su alma empapelada de billetes de quinientos que sólo habitaban en su fantasía infantil. Gily Puertas tenía muchas admiradoras, porque su sinrazón provocaba curiosidad. Así es que corazón que tocaba, corazón que empapelaba. Tras las primeras lluvias emocionales nada quedaba tras los billetes empapados, sólo su triste no empatía con el mundo.

Gily Puertas agonizaba ante la crisis y su idea de hacerse rico se iba haciendo cada vez más difícil, así es que daba patadas a diestro y siniestro, mientras la juventud  que ya consumía la veintena se le deshacía como hielo en un vaso de alcohol.

Y es que no hay nada más interesante que escribir sobre él. Fin.

Luz

Dice un famoso poeta que el corazón tiene tantas habitaciones como una casa de putas…

He guardado la ropa de invierno, y con ella,   el alma encogida que me ha acompañado un  poco asustada y temblorosa durante los largos meses de frialdad. Poco a poco, voy abriendo las habitaciones de mi interior, esas que he mantenido cerradas a cal y canto durante años para no sufrir. Necesitaba poco a poco ir engrasando la llave de los recuerdos, para que al abrir las puertas no me entrara el viento helado y me congelara el alma. He descubierto, sin embargo, que algunas habitaciones guardan luz y calor y que el dolor, a veces, da paso a nuevas formas de vida. Hay que renacer a la luz, y esta noche de San Juan parece la noche perfecta para abrir todas las puertas y mirar hacia adelante.

El anillo mágico

Le he dicho que la voy a echar de menos cuando se vaya de mi aula y comience primero de primaria. Es imaginativa, dulce, cariñosa y con mucho carácter. “Yo a ti sí, pero tú a mí no”, me ha contestado ella. “¿ Te digo por qué?” ha insistido con una gran sonrisa… ” Porque te he traído este anillo para que te acuerdes de mí y no me eches de menos”. Entonces ha colocado un anillo realizado con un botón de madera de colores en mi dedo anular de la mano izquierda. ” ¡ Por supuesto, no voy a olvidarte, pero con este anillo es cierto que ya no te echaré de menos.” Y ella ha asentido con su cabeza llena de rizos y sus intensos cinco años.

Compañía

Me sorprende mi gata, Mafalda. Cuando entro por la puerta me llama para que la acompañe al plato de comida, pero está lleno. Así es que me pregunto qué quiere, y ya lo sé. La acaricio y me quedo a su lado, y entonces ella come del plato mientras la miro. Es lo único que quiere, que la acompañe mientras come. Mira hacia atrás, asegurándose de que estoy ahí… y me recuerda a los niños pequeños de mi  escuela, tan preocupados porque les prestes atención por las buenas o por las malas, tan interesados  en que estés a su lado. Sentirte cerca  les importa tanto como a mi gata. Al final, todos somos animalitos  de compañía.