Los gatos de Estambul

Vimos a aquel hombre arrastrarse por el suelo e intentar pasar el cuerpo por debajo de la reja de un parque. No sabíamos lo que hacía hasta que estuvimos a su altura, y entonces pudimos observar la delicadeza con la que ese hombrachón acariciaba un gatito que  dormitaba bajo un arbusto. Todo habría sido una observación puntual, si no es porque a la mañana siguiente vimos bajar a la vecina de un edificio de enfrente, con un platito de comida y otro de agua  que repartió entre otra pequeña banda de gatitos callejeros que deambulaban bajo el sol. En ese momento comencé a pensar que los habitantes de Estambul sorprendían con su sensibilidad hacia esos felinos que se pasean por las calles. En otro barrio céntrico seguimos viendo lo mismo: al borde de una ventana, una señora tenía atados dos cuencos con comida y agua para los gatitos de la calle. Estambul está lleno de gatos y no vi a nadie apartarlos de mal forma, sino todo lo contrario. Después leí que los niños de esa cultura no tienen afición por matar pájaros, destruir nidos, o maltratar a los animales, contradiciendo ese comentario que alguien me dijo un día, para mi espanto, de que eran: “cosas propias de la infancia.” No puedo comprender la sensibilidadque he observado en ese pueblo  hacia los animales en contradicción con otros asuntos. Pero creo que en todas partes se hace obligado reflexionar y aprender…

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Mi querido gato, Versacce, al que nunca olvidaremos…

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