Noches de agosto

Aun a pesar de la colchoneta, siento las baldosas ardientes en mi espalda. Puedo tocarlas con las manos. Mi tía, a mi lado, me  acurruca en sus brazos  y me explica las estrellas. Hace muy poco que acabamos de cenar en la terraza, con un crepúsculo anaranjado que iluminaba todo el campo de la  “Madrila.” Ahora, sin embargo,  la terraza está a oscuras, y sólo sentimos las voces de los demás en las colchonetas de al lado. Hay una botella de gaseosa con agua y vasos. Y un barreño de zinc donde nos hemos bañado antes de la cena. Allí, sobre el suelo de color pimienta, estaremos contemplando el cielo inmenso que abraza la terraza de nuestro edificio cargándolo de puntos luminosos. De repente, alguna luz roja. Mi tía explica que es un avión, y yo me prometo ir algún día montada en uno de ellos, a cualquier país lejano, surcando esas estrellas que se me antojan llenas de misterios.

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