Tiempo de no silencio

Mis padres, cautos y educados en los más firmes principios morales, odiaban todo lo que tuviera que ver con la falta de discreción. Hasta tal punto de obligarnos, a veces, a ignorar de algún modo los agravios:

” Tú no digas nada; mejor callarse; Tù no te metas; Déjalo pasar; Tú no respondas; ” etc etc.

labios

LLega un momento, en la madurez, en el que todas las palabras escondidas y  apelotonadas, todas las emociones guardadas, todas las miradas aguantadas, eclosionan para tu sorpresa. Y entonces te descubres a ti misma:

Diciendo lo que quieres decir. Metiéndote donde quieres meterte. No dejando pasar nada que te haga daño, y respondiendo cuando hay que responder. Todo esto tiene, por supuesto, un precio. El precio de la inquietud, y el desasosiego que conlleva abandonar tu zona de confort y sordera de seguridad, para adentrarte en el pozo profundo del riesgo.

En los últimos tiempos, me volví respondona. Ya no puedo resistir que me avasallen. Y sólo aguanto las tormentas irremediables de la locura de algunas personas incontrolables, y por propia prudencia.

Pero para mí…no es tiempo de silencio.

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