Los oídos de Bimba

Nuestra perra está convaleciente. No es nada importante, pero sí  lo necesario como para haberla tenido un tiempo en reposo. No es fácil contemplar, patoso y adormilado, a un animal que normalmente está activo y feliz. Me producía angustia mirarla, aunque sabía que era algo transitorio. Como tenía que quedarse sola, se me ocurrió, que esa primera noche, durante nuestra ausencia, podría hacerle compañía  un poco de música. Sintonicé el canal clásico en un radiocassete jurásico que aún tenemos en casa, y miré a Bimba con entusiasmo. Me pareció una gran idea. Ella se tumbó y me miró con sus ojos dulces, agradeciendo, según yo imaginé, el extraño detalle. No era la primera vez, pero sí la primera  que le ponía música  para consolar una ausencia. Durante la cena en el restaurante, pensé en Bimba y en sus oídos deleitándose con aquella música tan especial. Dejé puesta  una ópera. No sabría decir cual, pero sí que cerré la puerta en un aria, y que continuó escuchándose mientras bajábamos por las escaleras.

Pasada la media noche, y al abrir la puerta, me encontré a una Bimba bastante activa. La música había cambiado en la radio  y un flamenco de lo más pasional inundaba el salón. Ella movió el rabo contenta. Me la imaginé bailando torpemente durante nuestra ausencia. Y reí con ganas… Por su alegría y por la sorpresa musical. Quizás, también, por los vinos, y porque era mi aniversario y venía de celebrarlo con mucha ilusión al lado de la persona a la que amo. A veces, la felicidad se compone de emociones muy simples, que llegan por sorpresa.

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