Los padres diez

En plena locura de evaluaciones y tras  veinticinco años dedicada al magisterio, todavía me causan asombro los padres obsesionados con los sobresalientes. Durante estos años, he visto a padres pelearse con  mi compañeros, maestros y maestras,  porque el hijo de la vecina tenía un nueve cincuenta y el suyo solo un nueve. No es broma. Es absolutamente real. Me he preguntado siempre, qué  extraño complejo de inferioridad tan acusado puede tener un progenitor que lucha por algo así en un ambiente infantil. Sí, ya sabemos que la sociedad valora a nuestros hijos con números, y que de igual forma lo hace el mercado laboral,  pero ¿ nosotros también? Somos incapaces de ver la falta de amor que demuestra alguien hacia su hijo o hija cuando lo insulta de esa manera, cuando lo compara de esa manera tan vil y absurda,  lo humilla , y  es capaz de hacer pasar a un niño o niña, o adolescente,  por esa angustia sin sentido. En plena época de ochos, cuatros, doces, diez,  ¿ dónde queda el amor por los hijos, y la obsesión egocéntrica de los padres por destacar ante los demás?  El espectáculo es bochornoso. Contengámonos, por favor. Los hijos e hijas no son números. Y que conste que yo tengo y he tenido de todas las clases de números en mi casa. Míos propios y de mis hijos. Pero ya… estoy inmunizada ante los extremos y sus efectos. Somos, ante todo, personas. O eso creo… y deseo.

Bueno, ya de los que suspenden no hablo. Esos “apestados” y “apestadas” tienen que soportar su propio peso, más el del bochorno de sus padres ante los vecinos, familiares  y amigos. Sí, amamos mucho a nuestros hijos e hijas…

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El profesor

A menudo, cuando hablamos de la época del instituto, cuento el tema de la caja. Pero es un tema largo,  y suelo explicar que todo empezó con una asignatura para la yo estudiaba más que para ninguna: Lengua y Literatura. No había otro remedio. El profesor nunca dictó nada, porque aunque estábamos en los orígenes de nuestra vida estudiantil, él solo hablaba sobre los libros, ayudándonos a desentrañarles el alma, mientras nosotros, aún con manos escolares, intentábamos recoger en folios blancos todas aquellas enseñanzas. Más de una vez le dijimos que era imposible estudiar aquel volumen de apuntes, pero él nos contestaba que no nos pedía memoria, sino estudio. Y se quedaba tan pancho.

La  poca capacidad de síntesis adolescente, imagino, me hizo desistir de la carpeta y  llenar, literalmente, una caja de cartón con los apuntes del profesor “Santos”. La arrastraba con mi ya alma nómada por las habitaciones, intentando estudiar aquella pira de conocimientos que se me escapaba. Los libros se sucedían sin cesar, y había que leerlos y sacarles las tripas, y no de cualquier forma. No puedo recordarlos todos, pero guardo especial memoria de algunos: Tiempo de Silencio; La Regenta; El árbol de la Ciencia; La Colmena; El Conde Lucanor… y muchísimos más. De todos había examen, porque eran tiempos de fuerte preparación universitaria. Lo de leer el Quijote fue el colmo. ¿Cómo acabar aquello con tantos exámenes? Tomé un volumen precioso de mi casa, un Quijote familiar, al que nunca presté mucha atención, y empecé a levantarme al alba, cada día. Al principio, con mucho sueño y fastidio, y después, con entusiasmo. De repente, no sabía por qué, me descubrí llorando en algunos capítulos, de pura emoción. No era algo descriptible. No era esta anécdota o la otra, era algo más que no me podía explicar. El personaje se me pegó al alma. Y empecé a amar su mundo y el de Sancho. Así llegué al examen final. ¡Conseguido! Pero aquello fue más que un examen. Fue el descubrimiento de la literatura con mayúsculas.

Los exámenes del profesor Santos me hacían sufrir. Solía sacar buena nota, alrededor del ocho, porque él no era pródigo en puntuaciones. Pero ahí no estaba la cosa. De repente, una flecha traicionera apuntaba hacia abajo, y empezaba a restar puntos por causas diferentes: una tilde, un verbo mal usado, una falta descuidada… y al final, mi nota quedaba en un cuatro, o como mucho, un cinco. No soportaba esta flecha hiriente, y lloraba a lágrima viva, de pura frustración.  Ya un día tuvo que pararme, en mitad de un examen,  y decirme si iba a quitar de una vez una tilde inexistente, que lo tenía desesperado con mi insistencia…

Santos nos enseñó a leer poesía. Sabíamos que ya, entonces, él era una autoridad en la materia, pero no intuíamos todo lo que estábamos recibiendo. Recuerdo cómo nos hablaba de los ríos,  el mar, la vida, la muerte… El profesor me dejaba pasmada, pero tampoco había mucha gente con la que comentar aquella admiración. Era un “hueso”, y eso arrastraba sus virtudes literarias. Solo ahora, con el tiempo, puedo mirar atrás y descubrir la gran suerte que tuvimos al estudiar con él. De pronto, su rostro aparece una vez más en las noticias, y toda la carga de recuerdos adolescentes cae en mis manos. Y  con estos recuerdos, dejo aquí este pequeño homenaje de agradecimiento a mi antiguo profesor: Santos Dominguez.