Cuento: La princesa Yoyó y el espejo mágico

Érase una vez una princesa desesperada. Quería que todos la amaran sin tregua y  que le dijeran lo maravillosa, estupenda y especial que era. Sin embargo, cada una de las personas que vivían a su alrededor, estaba cada cual a sus quehaceres, y las princesas ya no se cotizaban, ni eran admiradas. Yoyó languidecía de tristeza haciendo toda clase de piruetas para llamar la atención de los demás… pero no, no parecía tener resultados.

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Imagen: Wings Style. Espejito mágico. Blog 

Un día, la princesa Yoyó decidió comprarse un espejito mágico. La tienda de espejos era regentada por una vieja bruja, que también sin trabajo, decidió montar el negocio de los espejos. Vestida de hada, vendía a las pobres gentes desesperadas sueños de amor y libertad,  a precios desorbitados. Yoyo acudió a por su espejo. Era un objeto  maravilloso, moderno, con toda clase de prestaciones: conexión wifi, auriculares inalámbricos, cristales superreflejantes… una pasada de espejo.

La princesa Yoyó se miró al espejito, pero claro, este no funcionaba si no le echabas una buena cantidad de monedas en su interior, y solo entonces hablaba. Ese era el sistema ideado por la bruja, un sistema perfecto. Cuando las moneditas brincaban en su interior el espejito mágico funcionaba a la perfección: “Espejito, espejito mágico, ¿ quién es la más bella y maravillosa del mundo?” Y  el espejito contestaba: “Tú, tú, tú eres maravillosa, especial, grande, bellísima, así eres, la más importante de la tierra. Déjalo todo, tu famiia, tu trabajo, tus hijos si los tienes, y ámate a ti misma por encima de todo”. Por supuesto, era una grabación de audio, pero la princesa estaba demasiado encantada con lo que escuchaba como para plantearse ninguna duda.

¡Qué maravilla de espejo!, pensaba la princesa… y así, poco a poco, fue abandonando su vida: sus amigos, su familia, su trabajo… y se dedicó a amarse a sí misma por siempre jamás, mirándose cada vez que podía al espejo mágico, hasta que ya no le quedó dinero para seguir echando en su interior. Así es que un día, a principios de diciembre,  vino el Hada- bruja, dueña de la tienda de espejos mágicos, y cargó en su furgoneta con el espejito, bien lleno de monedas. Tenía mucha prisa en  vendérselo a otra pobre alma deseosa de amor. La princesa Yoyó, aferrada a su espejito, suplicaba que no se lo llevaran. Pero la furgoneta arrancó deprisa, soltando nubes de humo negro… y desapareciendo por el camino polvoriento.

En la casa de la princesa Yoyó todo era silencio. No había amigos, ni familia, ni trabajo, ni hijos. Nada. Solo el hueco de un espejo…  la cuenta de ahorros  vacía, y un montón de palabras de amor flotando en el aire congelado de diciembre. Entonces Yoyó, con lágrimas en los ojos, abrió la puerta, salío a la calle iluminada por las luces de navidad… y decidió que sí, que aceptaba no ser la más bella, la más hermosa, la mejor… que se conformaba con ser Yoyó, la que vive en la esquina de la plaza de los Naranjos. Se dispuso a ser una humana más, y se encaminó a la búsqueda de sus amigos, de su familia,  de la vida…a costa de sufrir  y amar, ganar y perder, vivir…como cualquier hija de vecino de la plaza de los Naranjos.

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