Un mes sin nuestra perrita Bimba

Un mes va a hacer sin nuestra perra… ¿Cómo explicar…? Ya medio mundo sabe que ha desaparecido, que se ha perdido, que nos la  han robado, o que algo ha ocurrido.Es lo único que puedo hacer… que todos sepan que te buscamos.

La echamos mucho de menos. Incluso sentarme a escribir es ya algo diferente. Porque aunque ya solo me visitaba de vez en cuando, durante mucho tiempo se estuvo viniendo a mis rodillas en cuanto yo comenzaba a escribir. Ella detecta que inicio algo tranquilo y placentero, y entonces, posa su cabeza en mis rodillas, y así, quieta, lanzando suspiros, me acompaña.

img_4501img_4109

No, no humanicé a nuestra perra, aunque ella ocupa un lugar importante en mi vida. Y no la humanicé nunca porque hubiera sido degradarla. Ella, por fortuna, es animal no humano.

Cada objeto de la casa es un recuerdo. Cuando era cachorra, se asustaba de la plancha… y a mí eso me hacía mucha gracia. No sé qué otro animal imaginaba que era aquel ser con rabo largo que bufaba y lanzaba chorros calientes. Pero ella le ladraba muy enfadada y sorprendida. Incluso cuando yo acababa de planchar, ella se acercaba a husmear, sin dejar de ladrar a aquel ser inerte y extraño, y no muy convencida de que el peligro hubiera pasado. Ahora, ya no lo hace. Ha crecido, y la plancha ya es para ella una vieja amistad conocida e inocente.

Hasta la pequeña furgoneta  duele, con la  cama perruna en la parte de atrás… para que pueda viajar con nosotros tan feliz, sin molestar ni ser molestada. Kilómetros mirando por la ventanilla, tan ensimismada como viaja ella siempre contemplando el paisaje.

Y ya un mes sin saber dónde está nuestra perra. Solo puedo dar la lata desde aquí,  buscarte y esperarte. Ya no sé si rezarle a San Antón, a San Roque, a algún ente superior que te devuelva a nuestra casa… mi pequeña Bambi, como te decimos en broma…

 

 

Mis animales…

Primero se comieron a mi pato Pipo, al que yo paseaba metido en un carricoche. Aunque  esto no me lo dijeron, y seguí creyendo la versión que me dio mi madre, la que contaba que vivía feliz en un estanque junto a los cisnes del cuento del “Patito feo”. Después, mi abuela le cortó el cuello al gallo Kirico, y ahí ya no hubo duda. Élla y la vecina hicieron lo que tuvieran que hacerle mientras yo me escondía aterrorizada por la escena.

Mi primera experiencia taurina tampoco pudo ir peor. En el pueblo de mi madre en fiestas, me llevaron a una “charlotada”, que era un espectáculo de toros para niños, con payasos y escenas cómicas. Tuvieron que sacarme del sofocón que me entró. No porque les estuvieran haciendo un especial daño a los animales, les hacían burlas y les tiraban del rabo, pero mi hermana lo sigue contando… cómo tuvieron que sacarme  llorando  con las risas de la gente alrededor, que no comprendían qué me pasaba…

img_4501

BIMBA BEBÉ 

Después, los niños de aquel barrio donde vivimos unos años, me hirieron a Perla, mi gata. La metieron en el fondo de unas celosías apiñadas, y la machacaron a palos. Increíble pero cierto. Esto ha ocurrido toda la vida, que los niños se diviertan haciendo este tipo de cosas atroces sin saber por qué, o bueno, más o menos ahora sé por qué hay gente que hace estas cosas.  Mi madre, valiente y decidida, envolvió a la gata en una toalla, y la metió en la bañera para limpiarle la sangre y curarle las heridas. La cuidó con esmero  y logramos sacarla adelante. Pero cuando se quedó preñada y tuvo a sus gatitos, murió. Según mi madre, de lo mal que estaría por dentro. Yo ya había visto a la gata Perla criar a más gatitos. Es algo que nunca se olvida. Algo precioso, así es que cuando la gata murió, me sentí…

Me regalaron, para quitarme las penas, a la gatita Estrella, pero la robaron porque era de angora. Después de más lágrimas me volvieron a regalar otra “Estrella”normal y corriente, que estuvo con nosotros muchísimos años. Era más un perro que una gata, de tan sociable que se mostraba. Después, he tenido conejos, pájaros, patos, peces, y un largo etcétera de animales en casa. También, entre ellos, llegó mi perrita Kira, que vivió con nosotros veinte años hasta que tuvimos que sacrificarla, por pura necesidad de respetar su muerte digna. Y ahí es donde mi madre llora…  llora cuando sacamos el tema. Ella, que no llora por estas cosas…

Ya en mi primer colegio, siendo maestra,  adopté a Letrita, una gatita bebé, abandonada, famélica y mugrienta, que recogí de la calle. No logré salvarla y le hice un poema que se quedaría en alguna parte, y donde le explicaba que nunca la olvidaría… algo que ha  resultado ser cierto.

Después vino Versace, nuestro fantástico y enorme gato salvaje ,que convivió con mis hijos, que tuvo un destino incierto, y por  el que  lloré a mares…Tras él, la gata Mafalda, que aún vive con nosotros. En los últimos años, han convivido también en casa los conejos Nala y Gringo, que se fueron yendo… y por último, el perrito Jarry, consu rápido paso por nuestras vidas, más el dolor de su muerte que aún no se me ha pasado con el tiempo.  Hace tres años llegó a nuestras vidas  Bimba, la perra de mi hija, cariñosa, alegre, pizpireta, simpática… Bimba, desaparecida de forma extraña, y a la que contiuamos buscando sin cesar… desesperadamente, con ese amor desemedido que en mi casa sentimos por nuestros hermanos animales.