Mi pequeño Amir

 

En estos días recordé otra anécdota que me pasó con uno de mis pequeños de tres años, hijo de una familia inmigrante. Son muchos los niños y niñas de estas familias que han pasado por mi aula compartiendo conmigo sus infancias y sus ilusiones. Día tras día, año tras año. ¿Cómo no sentir frustración y dolor ante los recientes y tristes acontecimientos ocurridos en nuestro país? La anécdota que os quiero contar es sobre un pequeño de casi cuatro años, al que hice presentarse, como al resto de niños y niñas, el primer día de clase. Cuando se presentó y dijo su nombre, yo añadí: “Además, Amir es marroquí”, a lo que mi pequeño contestó: “¿Yo? ¡No! ¡Es mi padre! ¡¡Yo soy de aquí!!!”. Me soprendió una reacción así en alguien tan pequeño. Pero ya no me sorprendo de la capacidad ni de la inteligencia de ningún niño. Son enormes cajas de sorpresas de las que, a veces, no sabemos nada… Por supuesto, pedí disculpas a mi pequeño caballero de tres años, por mi gran equivocación. Los adultos nos equivocamos constantemente…

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Imagen: Graphik. H

 

 

 

Parece amor pero…

Quizás en algún momento te gustó, o te pareció fruto de un amor apasionado el que quisiera estar todo el tiempo contigo y con nadie más, y que igualmente tú no estuvieras con nadie, solo los dos, siempre juntos. Y quizás te gustó en alguna ocasión o te pareció que te amaba demasiado porque  te dijo que no te pusieras esa ropa y que solo lo hicieras para él… Quizás te parecieron emocionantes aquellas palabras profundas y románticas que sabía decirte como nadie y que no se acompañaban de sus actos…

Quizás te empezó a desagradar en algún momento el no poder tomar ninguna decisión por ti misma (porque te vas a equivocar), o el no ir a ningún lugar sin él ; no vestirte como quieres; escuchar palabras vacías que fueron perdiendo color como la ropa lavada cien veces en la lavadora…

Si te sientes así te interesa este libro. Quizás puedas abrir los ojos y estés a tiempo de escapar.

Un libro muy recomendable para las que aún no salieron de la jaula…

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Amos Oz. Una historia de amor y oscuridad

Desde que descubrí a Amos Oz no puedo abandonar la fascinación que me produce la lectura de sus libros. Esta vez es su biografía, que ahora sé que ha sido llevada al cine recientemente. Me quedo con sus palabras, porque leer a Amos Oz es caminar por las calles de Jerusalén, de Tel Aviv, y poner luz en los rincones más oscuros: en cada piedra, en cada ser humano. Leer a Amos Oz es asistir de su mano a los grandes acontecimientos sociales y políticos del siglo XX,  y vivirlos en ti mismo a través de sus confidencias, su sabiduría y sus emociones, y todo ello sin dejarnos caer en el gris, porque él mismo dice en sus libros que la historia de Israel y del pueblo palestino no puede analizarse en blanco y negro. Ansiaba escuchar una voz como la suya, que hablara desde la herida, con  sensatez, desde el  conocimiento, y desde lo más profundo de la oscuridad del conflicto. Una voz que hiciera justicia como él la hace siendo orgullosamente judío, pero analizando la realidad con una implacable valentía y serenidad. Leer a Amos Oz es estremecerte en cada párrafo; asistir a una lección de vida, de literatura en grande. Lee a Amos Oz es descubrir en su compañía a viejos poetas escondidos en la historia; descifrar los secretos de la lengua hebrea; jugar con las palabras, reír a carcajadas con lágrimas en los ojos… y volver a estremecerte de nuevo.

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El pañuelo beirutí

En estos tiempos de prejuicios revueltos, recuerdo una anécdota que me ocurrió hace unos años en un albergue al que llegué, no por turismo, sino por una cuestión práctica en un viaje inesperado. Era la primera vez que dormía sola en un lugar así, tan lejano y lleno de gente de tantos países diferentes. Me sentía extraña y fuera de lugar. Compartí litera con una chica de piel tostada con la que intercambié algunas palabras, tan solo una breve conversación en su perfecto y mi mal inglés, sobre de dónde éramos y qué es lo que estábamos haciendo allí. Ella era de Beirut, y a mì me pareció que venía de un sitio emocionante que siempre me había causado mucha curiosidad. Tras la charla, la chica comenzó a arreglarse: se puso un vestido tipo túnica, se recogió el pelo con mucha gracia y se cubrió la cabeza con un pañuelo que le envolvía también el cuello. Lo hizo con tal destreza, que me dejó sin palabras, porque además, estaba muy guapa con él. Le añadió una belleza serena y enigmática, muy  alejada de las estridencias occidentales. Yo no podía dejar de observar cómo se arreglaba, sus movimientos pausados, su elegancia. Vino a buscarla un familiar y nos despedimos, pero antes, me regaló una estampa de la virgen. Me quedé estupefacta. Sonriendo, le pedí disculpas diciéndole que todo el tiempo había pensado que era musulmana. Ella se rió mucho y me dijo que tenía muchos amigos musulmanes, ¡muchos!,  pero que era cristiana. Si era por el pañuelo, pues… era algo que siempre se había usado en su casa. La estampa que me regaló con tanto afecto es de Notre Dame del Líbano. Me dijo que era muy milagrosa, y que le orase por mis problemas. Mi mente se abrió a la vida como un coco partido por el filo de los prejuicios rotos. ¡Cuántas cosas desconocemos de los demás! ¡Cuántas ideas, pensamientos y sentimientos presupondremos en nuestra ignorancia! La estampa la guardo con mucho cariño, está en mi habitación, en un panel junto a otros recuerdos. Creo en el ser humano, a pesar de todo…  y también en todo aquello que venga del corazón y de los buenos sentimientos. Sea de cual sea su procedencia.

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