Papel

He vuelto a sentir el papel bajo las yemas de mis dedos. El peso vivo de las letras en mis muñecas, el aliento perfumado de la tinta, las caricias del lomo en las palmas. Son libros de papel, libros que me han regalado por mi cumpleaños. Ocupan el espacio de una pequeña torre que se asienta en mi mesilla. Un pequeño Babel que se ilumina y enciende ante mis ojos al llegar cada noche. Hoy metí la nariz entre las páginas nuevas e inspiré profundamente. Miré por encima de esta torre de papel, y allí vi, durmiendo una siesta, a mi libro electrónico, compañero incansable del verano. Tiene que esperarme, porque esta fragancia de las hojas que han caído en mis manos, es un placer del otoño al que ya no puedo renunciar.

Mujer leyendo. Henner

Mujer leyendo. Henner

El cielo de agosto

Es posible necesitar gafas de luna. Esta noche lo descubrimos cuando su intensidad nos deslumbró. Fue al cerrar los ojos cuando sentí cómo unas grandes olas surgidas del lago se acercaban a nosotros. Entonces, me retiraste el pañuelo, dejándolo caer sobre mis hombros, para que prestara atención y descubriera que no eran olas lo que escuchábamos, sino las hojas de los árboles que movían sus ramas tapando, a veces, la luz y creando sombras sonoras en nuestros rostros. Y que nuestra barca no era sino un enorme canchal en medio de un paisaje lunar al borde de un lago en calma.  Pero ya sabes que mi fantasía es más grande que mis orejas. Por eso volví a ponerme el pañuelo, y entre tanta belleza, te seguí contando…y buscando lágrimas fugaces entre las estrellas de agosto, para poder
pedirles juntos esos deseos que guardamos celosamente durante todo el año, solo para ellas.

Pareja enamorada y abrazada contemplando el mar y la noche estrellada desde un banco de piedra. Embezeta

Pareja enamorada y abrazada contemplando el mar y la noche estrellada desde un banco de piedra. Embezeta

Navegantes

Bajo este sol de agosto, y con el viento de todas las tormentas del verano, aun nos quedan lugares para encontrarnos, resguardarnos, y celebrar juntos las mil batallas que llevamos libradas. Entre estos besos, cobijados, dejamos la arena , lamemos la sal y las heridas  e iluminamos las sombras con el respaldor de los ojos, tras mis pestañas. Mientras, todos los mares nos esperan para seguir navegando juntos, en este trayecto que escogimos, y al que nos llevó nuestro mismo espíritu.  Siempre juntos.

 

ariadne-john-william-waterhouse-1898

Ariadne-John-William-Waterhouse-1898

 

Mis abuelas

Levantarse temprano para caminar por el campo, escribir, meditar, o viajar, no me cuesta nada. Pero hacerlo para continuar con la limpieza de mi  cocina, por ejemplo,  me resulta difícil. Voy sintiendo la respiración que se acelera con el solo pensamiento del detergente. Esa actividad con tan poco glamour es una ruina en mi sistema nervioso, así es que ,cuando me pasa, cuando ocurre que no quiero despertarme para hacer eso, me remonto a mis orígenes “aristocráticos” y eso me da fuerzas para empezar. Pienso, entonces, en una de mis abuelas que, como trabajo añadido, era lavandera para un hotel. Cargaba con enormes cestos de sábanas blancas que llevaba al lavadero, para trabajárselas con sus manos,  y  que después entregaba inmaculadamente blancas y planchadas, en un tiempo record. Los dueños del hotel miraban las sábanas al trasluz, y solo después, pagaban. Mi otra abuela, se encontró siendo viuda con treinta y cuatro años y tres hijos pequeños. Así es que, aunque era pequeñita, salió peleona y los sacó adelante con muchos sudores… La sola imagen de mis abuelas me da fuerzas para no protestar por nada en la vida. Entonces… con ellas dos en el pensamiento, hago mi zumo natural con el exprimidor eléctrico,  me preparo una tetera, abro las ventanas para que entre la brisa de la mañana… y me dispongo a ese “gran trabajo” . Miro hacia arriba y digo: ” Sé que esto no es nada, abuelas, no os riáis de mí, pero, de todos modos, va por vosotras”. Me pongo los guantes de goma y comienzo…muy consciente de que en estos tiempos, soy una privilegiada. Es mi casa.

Lavanderas. Eugenio Hermoso

Lavanderas. Eugenio Hermoso

La escogida

He entrado en la tienda a comprar un objeto anodino y práctico, pero he salido de ella con una pequeña maceta también.Mi pequeña maceta estaba, junto a otras, en un estante de plantas donde también había botes de fertilizantes y semillas. Ella era igual a todas las demás que compartían el mismo espacio, todas ordenadas, unas delante y otras detrás. Al principio, elegí una más pequeña, pero de pronto, observé que muy cerca había otra más frondosa y verde. Dejé la que tenía en las manos y la cambié por la grande. Me dirigía ya a pagar, cuando sentí las punzadas de la imaginación haciéndome cosquillas entre las manos. Imaginé a mi planta saltando de alegría porque había sido “adoptada” para ir a una casa, mientras que sus hermanas se quedaban expectantes en busca de un destino aún incierto: algún regalo, algún capricho. Las imaginé diciéndose adiós con sus hojitas verdes, y deseándose una buena vida. Tanto me conté la historia que casi me siento mal por haber escogido la mejor. Desde ese momento, comencé a pensar en un próximo cuento infantil…Y es que, a veces, las historias me asaltan hasta haciendo la compra.

Childe Hassam (1859-1935)  Geraniums

Childe Hassam (1859-1935) Geraniums

Mis libros

He descubierto muchos más habitantes en mi casa, además de los seres humanos, las plantas y los animales: Libros. Limpio los estantes y surgen Cleopatra y Terence Moix, y releo alguna página de: No digas que fue un sueño. Lo devuelvo al estante y sigo leyendo títulos que me traen recuerdos y emociones. Cojo los libros porque sus títulos me incitan a leer, los abro, salen papeles escritos con poemas, notas, recuerdos, hojas de flores, mariposas, tarjetas de una época en la que nos las escribíamos. Palabras, palabras… Intento encajar, de nuevo,  los libros en los estantes. Ya no caben de pie, los tumbo de costado, los pongo de lado, en una esquina, detrás de otros, en cualquier parte. Hoy, haciendo la cama, un viento de verano cargado de humedad, que pronto se transformó en lluvia, se llevó la cortina y cerró la puerta con un gran estruendo. “Agarré” a Stefhan Zweig, que estaba encima de la mesilla, y con su pesado libro sujete la puerta, mientras terminaba de hacer la cama. Al salir de casa, corrí a por mi libro electrónico porque me lo dejé en la cocina y temía que se mojase o le ocurriera algo malo en ese espacio. Me preocupo por ellos. Es cierto, los libros de mi casa están vivos. Se desplazan, surgen, se pierden, aparecen, me alegran, me emocionan, me preocupan, viajan conmigo y hasta sujetan los efectos de las tormentas de verano.

La lectora coronada con flores . Jean-Baptiste-Camille Corot

La lectora coronada con flores . Jean-Baptiste-Camille Corot