Meridiano

Pronto cumpliré 48 años. Me encuentro cerca del meridiano, y eso con mucha suerte. Tengo una sensación de vértigo, y me acuerdo mucho de las palabras que escuchaba en la infancia: “Volvería para atrás pero con lo sabido, sabido.” ¡Lo que me costó averiguar el significado de esas palabras! Aún no tengo muy claro si yo haría lo mismo. No. Nunca volvería hacia atrás. Miro el camino sembrado de errores y hasta de ellos me han salido frutos sabrosos.

Me siento yo misma  como una fruta madura, más tierna y dulce, más comprensiva y menos rígida. Miro hacia atrás y me doy miedo: exigente conmigo misma hasta la extenuación, e igual de exigente con los demás. No. Nunca volvería hacia atrás. Adoro mis nuevas imperfecciones, mis descuidos con la casa, mi tolerancia conmigo misma que me lleva a la comprensión de los demás. Mi cuerpo más cálido y sabio, más mullido y redondo como una luna luminosa. Me siento mejor madre, más imperfecta pero más amorosa. Mejor compañera, mejor amante.

Sí, el espejo me devuelve una imagen diferente a la de la foto del aparador. Dieciocho años en eterna sonrisa y belleza. Pienso en mí entonces…No, nunca volvería hacia atrás. Nunca.

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Mujer abeja

A partir de mañana, no podré ya perder mis pensamientos exprimiendo las naranjas, ni escribir de madrugada, o comer a las cinco de la tarde, y ralentizar la vida al ritmo del sol caliente. Sin prisas… Se acabó.

Mañana, y como hago desde hace décadas, volveré a mi rol oficial de “mujer trabajadora.”

Todo deberé hacerlo en un tiempo récord, y sin cometer errores. Si no limpio ya la casa, seré una ” descuidada”, si me levanto a limpiarla, antes de trabajar, seré una ” maruja”.  Si cuido de mis seres queridos, seré una “sacrificada” y si no lo hago, seré una “egoísta”.

Viajaré, enseñaré, cocinaré, saldré, haré  deporte, seguiré estudiando, atenderé a mis alumnos, cuidaré la casa, la familia, intentaré cuidar la figura…

Intentaré seguir escribiendo…

Para conseguirlo, robaré  horas de sueño, y quizás  de mimos, de espejo, de amistad, vinos y risas, e incluso de amor. Aunque intentaré acabar con este vicio cleptómano de mí misma.

No abarco más de lo que alcanzan mis brazos, y mi cintura ya no es la de una avispa, sino la de una abeja trabajadora.

Sólo algo me vuelve todo más liviano: No podría hacer todo esto, y sentirme feliz, sin ti, compañero de viaje. Tú, inagotable fuente de energía y entusiasmo, que supiste descubrir la miel de mi cintura, y reconociste en mí, a la mujer abeja.

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Edouard Gelhay.

 

NOSOTROS

La vida ofrece muchas dimensiones para sentirse bien. Algunas son realmente importantes, pero solo una me es imprescindible para sentirme plena. Sin ella, todo lo demás me sobra.

Esa inmensa una sois: “nosotros” 

familia en el campo. Julio Tagle

                                      Familia en el campo. Julio Tagle

El cielo de agosto

Es posible necesitar gafas de luna. Esta noche lo descubrimos cuando su intensidad nos deslumbró. Fue al cerrar los ojos cuando sentí cómo unas grandes olas surgidas del lago se acercaban a nosotros. Entonces, me retiraste el pañuelo, dejándolo caer sobre mis hombros, para que prestara atención y descubriera que no eran olas lo que escuchábamos, sino las hojas de los árboles que movían sus ramas tapando, a veces, la luz y creando sombras sonoras en nuestros rostros. Y que nuestra barca no era sino un enorme canchal en medio de un paisaje lunar al borde de un lago en calma.  Pero ya sabes que mi fantasía es más grande que mis orejas. Por eso volví a ponerme el pañuelo, y entre tanta belleza, te seguí contando…y buscando lágrimas fugaces entre las estrellas de agosto, para poder
pedirles juntos esos deseos que guardamos celosamente durante todo el año, solo para ellas.

Pareja enamorada y abrazada contemplando el mar y la noche estrellada desde un banco de piedra. Embezeta

Pareja enamorada y abrazada contemplando el mar y la noche estrellada desde un banco de piedra. Embezeta

Navegantes

Bajo este sol de agosto, y con el viento de todas las tormentas del verano, aun nos quedan lugares para encontrarnos, resguardarnos, y celebrar juntos las mil batallas que llevamos libradas. Entre estos besos, cobijados, dejamos la arena , lamemos la sal y las heridas  e iluminamos las sombras con el respaldor de los ojos, tras mis pestañas. Mientras, todos los mares nos esperan para seguir navegando juntos, en este trayecto que escogimos, y al que nos llevó nuestro mismo espíritu.  Siempre juntos.

 

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Ariadne-John-William-Waterhouse-1898

 

Mis abuelas

Levantarse temprano para caminar por el campo, escribir, meditar, o viajar, no me cuesta nada. Pero hacerlo para continuar con la limpieza de mi  cocina, por ejemplo,  me resulta difícil. Voy sintiendo la respiración que se acelera con el solo pensamiento del detergente. Esa actividad con tan poco glamour es una ruina en mi sistema nervioso, así es que ,cuando me pasa, cuando ocurre que no quiero despertarme para hacer eso, me remonto a mis orígenes “aristocráticos” y eso me da fuerzas para empezar. Pienso, entonces, en una de mis abuelas que, como trabajo añadido, era lavandera para un hotel. Cargaba con enormes cestos de sábanas blancas que llevaba al lavadero, para trabajárselas con sus manos,  y  que después entregaba inmaculadamente blancas y planchadas, en un tiempo record. Los dueños del hotel miraban las sábanas al trasluz, y solo después, pagaban. Mi otra abuela, se encontró siendo viuda con treinta y cuatro años y tres hijos pequeños. Así es que, aunque era pequeñita, salió peleona y los sacó adelante con muchos sudores… La sola imagen de mis abuelas me da fuerzas para no protestar por nada en la vida. Entonces… con ellas dos en el pensamiento, hago mi zumo natural con el exprimidor eléctrico,  me preparo una tetera, abro las ventanas para que entre la brisa de la mañana… y me dispongo a ese “gran trabajo” . Miro hacia arriba y digo: ” Sé que esto no es nada, abuelas, no os riáis de mí, pero, de todos modos, va por vosotras”. Me pongo los guantes de goma y comienzo…muy consciente de que en estos tiempos, soy una privilegiada. Es mi casa.

Lavanderas. Eugenio Hermoso

Lavanderas. Eugenio Hermoso