Song for Guy

La música te conecta directamente con el corazón, ya lo sabemos… con los recuerdos… y activa los sentimientos dormidos. No siempre quiero que esto ocurra. Ahora no me importa, y estas navidades son para escuchar y escucharme. Dejo aquí otro recuerdo de los 80. La canción es más antigua, el famoso éxito de Elton John, la canción para Guy. La historia  de Guy, casi la cuenta la música…si la escuchas. Siendo adolescente, esperaba que saliera en la radio. Entonces esperaba que salieran los temas una y otra vez, para grabarlos. Ahora todo es tan fácil…

¡Qué coño, palante!

Trasformamos tres palabras en bandera, y nos envolvimos en ella para saltar y brindar por una nueva vida, esa que prometía algo mucho mejor que lo que habíamos tenido hasta entonces.  Muy juntas, achuchadas entre maletas y bolsas de viaje, con la banda sonora de Bebe y su “Pa fuera telarañas”, viajamos jugando a las Telmas y las Louises. Siempre camino del Sur… Aún no sé cómo la ilusión no hacía estallar los cristales del coche. No, no éramos niñas, tampoco adolescentes, aunque quizás sí. La  complicidad nos la dio el compartir, a golpe de risas y entre copas, la historia de nuestros fracasos. Ya da igual el tiempo que pase, nos miramos a los ojos y ahí están los kilómetros, las lágrimas, la arena, el cansancio, las risas y las historias de amores, deseos y  desdichas. Al final, el brindis con su bandera. Anoche, aunque no estábamos todas, y ahora somos más para brindar, nos dio tiempo para los recuerdos. Nos quedan muchas noches y muchos días más .

Mis  amigas, qué buen fin para la navidad.  Ahora estamos aquí, hemos atravesado la peor parte, seguimos saltando, riendo, tan iguales,  tan diferentes, y, sobre todo, seguimos “palante.”

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foto: post art.com

Mi Gran Teatro

Nuestra mesa cada vez tiene más sillas vacías, aunque de alguna forma, como nos pasa a todos, esos seres queridos siguen estando a nuestro lado.  En estos días es imposible no volver con los recuerdos de esos seres amados, a la infancia. La mía estuvo ligada de forma especial a nuestro Gran Teatro de Cáceres. Allí estaba mi familia: mi tía en la taquilla, mi padre, muy cerca, en  el cine Coliseum y mi madre y nosotras,  espectadoras de todo lo que se cocía por allí: artistas, músicos, vedettes con plumas, y películas a diario. Mis deberes escolares se realizaron en muchas ocasiones en la mesa de la taquilla, con el olor a tinta del sello de las entradas, y con el repiqueteo de la vieja máquina de escribir. En ese pequeño lugar los juegos eran mágicos, y cada objeto era una llave para imaginar. Había un  teléfono pesado y negro colgado de la pared que fue protagonista de muchas llamadas fantasma, en las que me yo me inventaba los personajes y los diálogos, unas fantasías, fruto de tanto cine…  los carteles con las fotos de los actores despertaban en mí sueños imposibles  y las actrices en  los pasillos brillantes, me llenaban la cabeza de pájaros. Allí estaba mi tía para darme un pescozón cuando me pasaba de la raya, y mi padre, vestido de príncipe con galas, para ofrecerme una sonrisa.

La cabalgata la veíamos desde las ventanas del teatro. Llovían los caramelos. Me sentía como una princesa, y pensaba que todas las familias tenían un teatro paralelo a su casa…

Al caer la noche, la taquilla se cerraba, los turnos de acomodadores cambiaban, e íbamos todos a casa, al ático de Hernán Cortés, con su belén de nieve de talco, sus espumillones colgados de los cuadros, sus sillones verdes, la terraza helada  y los olorosos guisos de la abuela. Todo eso viene a mi mente hoy, echando de menos a los que se fueron,  en estos días de recuerdos. Una infancia teatral,  mágica en una palabra. 

El mejor verano

¿Cuál fue tu mejor verano? Lanzaban esta mañana, desde la radio, para que la gente llamara y contara su experiencia. Dejé de escuchar lo que decían para centrarme en las naranjas que estaba exprimiendo. Y aquella última naranja dejó de serlo, para convertirse en una bola de cristal, a través de la cual vi proyectados los  recuerdos de mis mejores veranos. Porque fue imposible escoger uno:

Me vi en la playa de Ceuta, con mis padres, la primera vez que veía el mar, muy pequeña. Me vi en el mismo lugar,en una feria, otro verano. Vi también la casa de campo de mis tíos, en la Viña de la Mata. Salté por las piedras húmedas del río Jerte. Bailé aquellas baladas italianas que mecían ese pelo tan largo, tan largo que tenía entonces, cuando aún soñaba ser como las princesas de los cuentos que habían poblado mi infancia. Vi besos sobre la hierba en el amanecer. Vi a mis hijos en la playa. Me vi con mis amigas en Conil. Tan alegres, tan libres  y felices juntas… Me vi recorriendo la costa de Portugal, de nuevo enamorada y llena de ilusiones…

Después de estos instantes que abarcan varios años, vertí el zumo de esta última naranja exprimida de recuerdos, y me bebí toda aquella felicidad para no olvidarla nunca.

Escena de playa en Zarautz. Sorolla.

Escena de playa en Zarautz. Sorolla

Pescando “prontos” pasados

Hace unos días,  una vieja amiga y yo nos encontramos comprando. Nos besamos entonces, y nos saludamos entre el agobio de la gente, los estantes del comercio, y nuestras bolsas de tomates y verduras. Así es que decidimos aparcar las bolsas en el bar de enfrente y tomarnos unas cañas de cerveza con las que terminamos pescando recuerdos…. Pude así asistir al relato de algunas anécdotas sobre mí misma, que ya había depositado en el fondo de algún rincón de mi memoria. Pero en una anécdota que me relató, pude descubrir a aquella joven madre impetuosa que fui, y que quizás siga siendo:

Ocurrió que una señora de afianzadas creencias religiosas pero de oscuras intenciones terrenales, quiso despreciar a uno de mis hijos, que entonces eran muy pequeños, ofreciéndoles a todos los niños de aquella reunión quinientas pesetas,( sí, hace ya muchos años…) y excluyendo a uno de mis hijos, haciendo ver que no era aceptado por ella. Como una leona, acudí, rompí el billete en dos, ante la mirada de la señora, y ofrecí la mitad a cada uno de mis peques que, encantados, tomaron la mitad como un tesoro, porque aún no conocían el valor del dinero, de tan pequeños que eran.”Gracias señora, pero yo tengo dos hijos”, dije… Y es por eso que dicen que tengo un “pronto” fuerte. Pero no acumulo rencores… porque ni siquiera me acordaba, a no ser con la ayuda de esas cañas que me hicieron pescar este “pronto”, en el pasado de mi maternidad.

Maternidad. Roberto Pizano

Maternidad. Roberto Pizano

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“Cristalina” escuché sobre mí. Imagino que pensando en esa incongruencia de fragilidad que me da la fortaleza. Ese muro por el que, sin embargo, cualquier resquicio del pasado puede colarse en forma de olor, palabra o mirada.

Me recuerdo limpiando frenéticamente los cristales donde se reflejaban los rostros de tantas mujeres. Los nombres en páginas rotas, con bolígrafos de colores. Las mentiras en poemas de lo cotidiano. Nombres sin rostros y rostros sin nombre. Direcciones sin asfaltos y calles sin dirección. En alguna ventana de cualquier lugar ocurría la herida. Y después, yo seguía limpiando los espejos llenos de rostros. Han pasado muchos años. No queda nadie de entonces, y sin embargo… A veces, siguen apareciendo rostros en los espejos. Restos  que se quedan en la piel, en forma de erupción crónica. En dolores absurdos, e insomnios pasajeros. Latidos como tambores, al despertar. Busco en mi ordenador, pero no encuentro la tecla “eliminar”.

christofer eckerber-mujer ante el espejo

christofer eckerber-mujer ante el espejo

Mis abuelas

Levantarse temprano para caminar por el campo, escribir, meditar, o viajar, no me cuesta nada. Pero hacerlo para continuar con la limpieza de mi  cocina, por ejemplo,  me resulta difícil. Voy sintiendo la respiración que se acelera con el solo pensamiento del detergente. Esa actividad con tan poco glamour es una ruina en mi sistema nervioso, así es que ,cuando me pasa, cuando ocurre que no quiero despertarme para hacer eso, me remonto a mis orígenes “aristocráticos” y eso me da fuerzas para empezar. Pienso, entonces, en una de mis abuelas que, como trabajo añadido, era lavandera para un hotel. Cargaba con enormes cestos de sábanas blancas que llevaba al lavadero, para trabajárselas con sus manos,  y  que después entregaba inmaculadamente blancas y planchadas, en un tiempo record. Los dueños del hotel miraban las sábanas al trasluz, y solo después, pagaban. Mi otra abuela, se encontró siendo viuda con treinta y cuatro años y tres hijos pequeños. Así es que, aunque era pequeñita, salió peleona y los sacó adelante con muchos sudores… La sola imagen de mis abuelas me da fuerzas para no protestar por nada en la vida. Entonces… con ellas dos en el pensamiento, hago mi zumo natural con el exprimidor eléctrico,  me preparo una tetera, abro las ventanas para que entre la brisa de la mañana… y me dispongo a ese “gran trabajo” . Miro hacia arriba y digo: ” Sé que esto no es nada, abuelas, no os riáis de mí, pero, de todos modos, va por vosotras”. Me pongo los guantes de goma y comienzo…muy consciente de que en estos tiempos, soy una privilegiada. Es mi casa.

Lavanderas. Eugenio Hermoso

Lavanderas. Eugenio Hermoso