El día que todo cambió: prohibido juzgar

Entre los propios objetivos personales que me he planteado con este libro de Montse Parrales y mío, llamado “El día que todo cambió”, estuvo siempre, desde el principio, la urgente necesidad de contactar con las personas con dm1 a las que no ” les va bien” con su diabetes. Sé y me consta que muchas no se comunican, que se aíslan y que no acuden a páginas de internet, ni asociaciones, ni foros, ni encuentros: nada. Ya sean pacientes, o padres y madres, una diabetes mal gestionada se convierte en una marca de fracaso. Sé que hay gente que lo vive con vergüenza, con culpabilidad. Y salvo excepciones de personas verdaderamente irresponsables, la mayoría de la gente lo intenta y lo intenta y no siempre sale bien. Falta apoyo emocional, psicológico. Sé que sienten muy juzgados, especialmente,  por toda la gente a la que “le va bien”. Esta realidad de la diabetes no se puede juzgar con frivolidad. Quiero decirles a todos que aquí no estamos para juzgar a nadie, yo misma, como madre,  he pasado por esa época negra, negrísima,  en la que no se veía la luz. Nadie, nadie, ni los más cercanos, saben nunca las batallas que hay con la diabetes en un hogar… cuando las puertas se cierran. Nadie sabe los problemas sociales, afectivos, económicos,  que se pueden añadir a una diabetes… Es tan fácil juzgar… Para mí, uno de mis objetivos personales es decir a la gente que lo está pasando mal: “Aquí estamos, sé cómo os sentís, ¿puedo ayudaros a conseguir que estéis mejor? No sois un número de hemoglobina glicosilada, sois un cúmulo de realidades, emociones y sentimientos. Aquí estamos para ayudar. Lo digo de corazón”. Ese es mi mensaje.

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Preparando mi bata de maestra

Aquí está preparada mi bata de maestra para mañana. La miro y la remiro, pensando si la plancho o paso del asunto. En cualquier caso, sintiéndome algo nerviosa, porque mañana es el gran día, el que recibiré a mis peques. Estoy algo nerviosa también por tantas novedades que se me acumulan, y en cuanto a la bata, lo sé, lo sé que no es una bata cualquiera. Despertó curiosidad, cuando la estrené. Pero es que yo andaba buscando una bata diferente, y la encontré en un viaje a Sarajevo. “Es la mía”, pensé.  Hay alguna compañera que se río de ella (o de mí) , pero sé que lo hizo con inocencia, sin malicia, con la condescendencia de quien me ha visto ponerme otras cosas poco usuales. Mis peques de la escuela la encontraron “bien”, sin más ( los peques carecen de nuestros prejuicios). Y mi alumno, maestro  de prácticas, bromeó como siempre, diciendo: “Jefa, ahora sí que eres una  profesora Montessori”, lo cual fue un halago. Excepto mi rechazo a la ropa hipersexualizada para las mujeres, y con la cual no me identifico para nada, cualquier cosa que se salga de la rutina me gusta. Mañana bata, primer día de escuela y una sonrisa.

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Amanecía. Antonio Martínez Llaguno

He terminado de leer Amanecía , la novela autobiográfica de Antonio Martínez Llaguno. No sabría deciros si es una historia amarga o no, si es de amor, de desamor o de todo a la vez … Durante una semana me he zambullido es una experiencia intensa, y nada fácil. Mi sensación ha sido la de entrar directamente en un laberinto emocional, en el  laberinto del corazón del protagonista. He vivido con él todas las emociones que iba sintiendo, intentado encontrar la salida, las respuestas a lo que estaba pasando, a todo aquello que vivía interiormente y que yo iba sintiendo a la vez, rememorando mis propias experiencias a lo largo de mi vida . Las reflexiones son de una profundidad abismal, hasta el punto de que he tenido que volver a la superficie, tomar oxígeno y volver a zambullime en ellas para releerlas y descifrarlas. Poco a poco he ido traduciendo estas vivencias a mi idioma emocional propio. Es cierto, hay algo mágico y enigmático en el texto y que no puedo explicar. No es un libro convencional.

Podría poner cualquier otro fragmento, pero dejo este : “…Del último amor no lo pretendes todo, no aspiras a tejer con él las antiguas quimeras, quizá porque acontece cuando ya has bajado a los infiernos o porque he aprendido que al otro lado no hay más que soledad”. Antonio Martínez Llaguno. Amanecía. Madrid, agosto 2016.
Amanecía

Poema infantil: El mundo es grande

Este poema infantil inédito que escribí hace tiempo, me viene hoy a la memoria…

El mundo es muy grande…
pero Ruperto creía
que solo en su tierra
las flores crecían.

El mundo es inmenso…
pero Peutnia pensaba
que todos los lugares
(excepto el suyo)
carecían de alma.

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La gente es diversa
y maravillosa
pero Pancracio
solo sabía una cosa:
“¡La gente de mi tierra
es la más hermosa!”

Ruperto, Pancracio y Petunia
hicieron un viaje a la luna,
contemplaron el planeta
y sus ojos se pusieron
¡como aceitunas!
“¡Mira, qué grande es el mundo!”,
gritaron todos a una:

“¡Cuánta gente.. qué hermosura…!”.

Y desde entonces,
viajan a otros países
para compartir fortuna:
la de tener amigos y amigas
en todas las tierras
hermosas y hermanas
que ilumina la luna.

El vino de la soledad. Irène Némirovsky

No, no todos los veranos son iguales. Aquel silencioso y eterno en Madrid… cuando en mi casa solo se escuchaba el ruido del pájaro encerrado en el semáforo…  Allí fue cuando tras releer El baile , me enganché a las novelas de Irène Némirovsky. A partir de El baile vino Suit Francesa; El ardor de la sangre; Jezabel;  David Golder; El maestro de Almas… Así hasta acabar con la estantería de la biblioteca que, casual y  afortunadamente, estaba enfrente de mi casa, por seguir la tradición.  Nunca mejor dicho, Irene fue el vino mi soledad. A partir de ese momento, surgió esa relación especial y emocionalmente intensa que mantengo con los autores y sus obras. Esta escritora me eclipsa. Para mí es, sencillamente, genial. Y me gustan sus temas, su crítica audaz, su elegancia, la delicadeza de sus descripciones que rozan la poesía.  Cuando descubrí  su muerte en Auschwitz lloré como si de una amiga se tratara. ¿ Cómo pudo morir así una persona tan brillante, tan culta, especial, una pluma tan maravillosa? Pero de aquel espanto no se escapaba nadie. Su obra más conocida es Suite Francesa, pero os invito a leer sus otras novelas y a conocer su vida, y su dolor… Magnífica, magistral. Una escritora  a la que intentó dolorosamente silenciar el horror nazi. Pero sus lectores no la olvidamos y le somos fieles… Yo la releo cada poco, bendigo su memoria y espero, como siempre, un mundo con más paz para todos.

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Balance

Este ardiente verano ha sido, sin duda, uno de los mejores de mi vida. También los tuve terribles, es cierto. Pero en este he culminado proyectos, he confirmado certezas; me he reencontrado con amigas y amigos ( también hay quien me ha decepcionado, qué lástima…). He compartido momentos de felicidad en famlia y he viajado… con lo cual, no soy la misma que era antes de marchar. Cierro los ojos, veo el cielo de Jerusalén y sueño con la paz… también en mi interior.

Queda aún camino antes de iniciar mi traslado al otoño.  Septiembre me reclama.

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La niña despistada de los años 70

En la escuela de los años 70 yo era una alumna molesta. Excesivamente inquieta, soñadora y despistada. No me gustaba asistir a clase. Iba a rastras, con mi madre convenciéndome por las mañanas, por toda la avenida de Hernán Cortés. Me aburría, y acumulaba castigos, uno tras otro, sobre todo en el primer colegio “El padre Damían” de mi ciudad. Doña Paula hacía percutir su vara sobre mi mano unas cuantas veces al día por diversos motivos, muchos de los cuales se me hacían incomprensibles. Y seguí acumulando castigos y pequeños insultos, entonces llamados “correcciones”, hasta que me hize más mayor, y comprendí que era mejor seguir el ritmo de la clase y atender a las explicaciones, que pasarse el día castigada en el pasillo o leyendo en el despacho con don Alfonso, (que me consideraba un prodigio lector  por aprender a leer antes de tiempo y porque leer era mi actividad favorita y lo sigue siendo). También aprendí a sacar buenas notas en algunas asignaturas. Pero sobre todo, nació en mí el germen de querer ser maestra para tratar a los niños y niñas con el cariño y la comprensión con el que me gustaría que me hubieran tratado a mí. Siento no poder hablar de aquella escuela con amor. Solo recuerdo con cariño, con mucho cariño, a mis compañeros y compañeras de “celda”. Totalmente inadaptada aprendí a sobrevivir a lo largo de los años. Era difícil no ser la niña que esperaban que fueras. Pero siento decir, por aquellos maestros  y su esfuerzo,  que ningún castigo y ninguna vara corrigió mis despistes, ni mi personalidad. Continué leyendo novelas en clases aburridas, y mis despistes siguen en su sitio, con la diferencia de que nadie me grita ni me castiga. De aquello me queda el que he aprendido, poco a poco, a rodearme de gente respetuosa y a la que respeto. Y diré que con el tiempo desarrolle mis virtudes; logré hasta lo que socialmente se consideran grandes triunfos académicos. Más de los que entonces hubieran imaginado mis maestros y maestras, porque creo que jamás confiaron en mí. Pero aquella niña asustada… sigue dentro cuando alguien me levanta la voz. Ojalá sepa ser una buena “persona-maestra” para mis alumnos y alumnas. Siempre lo he intentado. Es lo único que pido cada comienzo de curso.

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