Amanecía. Antonio Martínez Llaguno

He terminado de leer Amanecía , la novela autobiográfica de Antonio Martínez Llaguno. No sabría deciros si es una historia amarga o no, si es de amor, de desamor o de todo a la vez … Durante una semana me he zambullido es una experiencia intensa, y nada fácil. Mi sensación ha sido la de entrar directamente en un laberinto emocional, en el  laberinto del corazón del protagonista. He vivido con él todas las emociones que iba sintiendo, intentado encontrar la salida, las respuestas a lo que estaba pasando, a todo aquello que vivía interiormente y que yo iba sintiendo a la vez, rememorando mis propias experiencias a lo largo de mi vida . Las reflexiones son de una profundidad abismal, hasta el punto de que he tenido que volver a la superficie, tomar oxígeno y volver a zambullime en ellas para releerlas y descifrarlas. Poco a poco he ido traduciendo estas vivencias a mi idioma emocional propio. Es cierto, hay algo mágico y enigmático en el texto y que no puedo explicar. No es un libro convencional.

Podría poner cualquier otro fragmento, pero dejo este : “…Del último amor no lo pretendes todo, no aspiras a tejer con él las antiguas quimeras, quizá porque acontece cuando ya has bajado a los infiernos o porque he aprendido que al otro lado no hay más que soledad”. Antonio Martínez Llaguno. Amanecía. Madrid, agosto 2016.
Amanecía

Poema infantil: El mundo es grande

Este poema infantil inédito que escribí hace tiempo, me viene hoy a la memoria…

El mundo es muy grande…
pero Ruperto creía
que solo en su tierra
las flores crecían.

El mundo es inmenso…
pero Peutnia pensaba
que todos los lugares
(excepto el suyo)
carecían de alma.

mundo grande

La gente es diversa
y maravillosa
pero Pancracio
solo sabía una cosa:
“¡La gente de mi tierra
es la más hermosa!”

Ruperto, Pancracio y Petunia
hicieron un viaje a la luna,
contemplaron el planeta
y sus ojos se pusieron
¡como aceitunas!
“¡Mira, qué grande es el mundo!”,
gritaron todos a una:

“¡Cuánta gente.. qué hermosura…!”.

Y desde entonces,
viajan a otros países
para compartir fortuna:
la de tener amigos y amigas
en todas las tierras
hermosas y hermanas
que ilumina la luna.

Mi aula de Infantil con peques”diferentes”

Hablo de mi aula, solo de mi aula: Y es cierto, cuando todos los demás están en silencio, nosotros aún hacemos ruido; cuando otras aulas han recogido todo, nosotros aún tenemos batidos por el suelo y papeles rasgados. Llegamos un poco más tarde a la página prevista, y a todos los sitios, la verdad. Nuestras letras no están tan limpias y perfectas. No borramos tanto para corregir. Vamos a lo esencial. Pura eficacia. Es cierto que interrumpimos constantemente el momento de relajación por ese grito a destiempo; tenemos que parar la explicación porque esa manita furtiva nos cambia la imagen de la pantalla digital. A veces, resoplo. Grito alguna vez. Me caen las gotas de sudor. Me palpita el corazón de ansiedad en algunos momentos  y siento que me agoto… Pero, retomo el aliento cuando veo que mis  niños y niñas de cuatro años saltan de la silla para ayudar a sus compañeros “diferentes” a recoger los papeles, y se lo dicen con ternura… les ayudan también a secarse las lágrimas, a levantarse del suelo. Me recupero cuando se acercan y se toman las manos para ayudarse a terminar el trabajo, cuando les consulean con palabras de cariño y con caricias; cuando los defienden de los peligros. Cuando se abrazan y se besan y se llaman “compis”. Todo lo que digo es cierto y real. Entonces… creo que merece la pena. Porque … ¿De verdad lo que están aprendiendo mis niños y niñas es menos importante que una ficha cateta coloreada a la perfección? No lo creo, no lo creo… creo firmemente en lo que hacemos. Creo en todos. Porque TODOS mis alumnos son perfectos, así, como son.  Y aún más vuelvo a retomar el aliento cuando los papás y mamás que vienen a contar un cuento, lo traen preparado en pictogramas… ahí ya me hincho de orgullo y no me importan los batidos que se caen, las bata llena de mocos  y que nadie desde los despachos altos o bajos, sepa ni le importe siquiera, lo que estamos logrando.

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El vino de la soledad. Irène Némirovsky

No, no todos los veranos son iguales. Aquel silencioso y eterno en Madrid… cuando en mi casa solo se escuchaba el ruido del pájaro encerrado en el semáforo…  Allí fue cuando tras releer El baile , me enganché a las novelas de Irène Némirovsky. A partir de El baile vino Suit Francesa; El ardor de la sangre; Jezabel;  David Golder; El maestro de Almas… Así hasta acabar con la estantería de la biblioteca que, casual y  afortunadamente, estaba enfrente de mi casa, por seguir la tradición.  Nunca mejor dicho, Irene fue el vino mi soledad. A partir de ese momento, surgió esa relación especial y emocionalmente intensa que mantengo con los autores y sus obras. Esta escritora me eclipsa. Para mí es, sencillamente, genial. Y me gustan sus temas, su crítica audaz, su elegancia, la delicadeza de sus descripciones que rozan la poesía.  Cuando descubrí  su muerte en Auschwitz lloré como si de una amiga se tratara. ¿ Cómo pudo morir así una persona tan brillante, tan culta, especial, una pluma tan maravillosa? Pero de aquel espanto no se escapaba nadie. Su obra más conocida es Suite Francesa, pero os invito a leer sus otras novelas y a conocer su vida, y su dolor… Magnífica, magistral. Una escritora  a la que intentó dolorosamente silenciar el horror nazi. Pero sus lectores no la olvidamos y le somos fieles… Yo la releo cada poco, bendigo su memoria y espero, como siempre, un mundo con más paz para todos.

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Balance

Este ardiente verano ha sido, sin duda, uno de los mejores de mi vida. También los tuve terribles, es cierto. Pero en este he culminado proyectos, he confirmado certezas; me he reencontrado con amigas y amigos ( también hay quien me ha decepcionado, qué lástima…). He compartido momentos de felicidad en famlia y he viajado… con lo cual, no soy la misma que era antes de marchar. Cierro los ojos, veo el cielo de Jerusalén y sueño con la paz… también en mi interior.

Queda aún camino antes de iniciar mi traslado al otoño.  Septiembre me reclama.

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La niña despistada de los años 70

En la escuela de los años 70 yo era una alumna molesta. Excesivamente inquieta, soñadora y despistada. No me gustaba asistir a clase. Iba a rastras, con mi madre convenciéndome por las mañanas, por toda la avenida de Hernán Cortés. Me aburría, y acumulaba castigos, uno tras otro, sobre todo en el primer colegio “El padre Damían” de mi ciudad. Doña Paula hacía percutir su vara sobre mi mano unas cuantas veces al día por diversos motivos, muchos de los cuales se me hacían incomprensibles. Y seguí acumulando castigos y pequeños insultos, entonces llamados “correcciones”, hasta que me hize más mayor, y comprendí que era mejor seguir el ritmo de la clase y atender a las explicaciones, que pasarse el día castigada en el pasillo o leyendo en el despacho con don Alfonso, (que me consideraba un prodigio lector  por aprender a leer antes de tiempo y porque leer era mi actividad favorita y lo sigue siendo). También aprendí a sacar buenas notas en algunas asignaturas. Pero sobre todo, nació en mí el germen de querer ser maestra para tratar a los niños y niñas con el cariño y la comprensión con el que me gustaría que me hubieran tratado a mí. Siento no poder hablar de aquella escuela con amor. Solo recuerdo con cariño, con mucho cariño, a mis compañeros y compañeras de “celda”. Totalmente inadaptada aprendí a sobrevivir a lo largo de los años. Era difícil no ser la niña que esperaban que fueras. Pero siento decir, por aquellos maestros  y su esfuerzo,  que ningún castigo y ninguna vara corrigió mis despistes, ni mi personalidad. Continué leyendo novelas en clases aburridas, y mis despistes siguen en su sitio, con la diferencia de que nadie me grita ni me castiga. De aquello me queda el que he aprendido, poco a poco, a rodearme de gente respetuosa y a la que respeto. Y diré que con el tiempo desarrolle mis virtudes; logré hasta lo que socialmente se consideran grandes triunfos académicos. Más de los que entonces hubieran imaginado mis maestros y maestras, porque creo que jamás confiaron en mí. Pero aquella niña asustada… sigue dentro cuando alguien me levanta la voz. Ojalá sepa ser una buena “persona-maestra” para mis alumnos y alumnas. Siempre lo he intentado. Es lo único que pido cada comienzo de curso.

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Mi pequeño Amir

 

En estos días recordé otra anécdota que me pasó con uno de mis pequeños de tres años, hijo de una familia inmigrante. Son muchos los niños y niñas de estas familias que han pasado por mi aula compartiendo conmigo sus infancias y sus ilusiones. Día tras día, año tras año. ¿Cómo no sentir frustración y dolor ante los recientes y tristes acontecimientos ocurridos en nuestro país? La anécdota que os quiero contar es sobre un pequeño de casi cuatro años, al que hice presentarse, como al resto de niños y niñas, el primer día de clase. Cuando se presentó y dijo su nombre, yo añadí: “Además, Amir es marroquí”, a lo que mi pequeño contestó: “¿Yo? ¡No! ¡Es mi padre! ¡¡Yo soy de aquí!!!”. Me soprendió una reacción así en alguien tan pequeño. Pero ya no me sorprendo de la capacidad ni de la inteligencia de ningún niño. Son enormes cajas de sorpresas de las que, a veces, no sabemos nada… Por supuesto, pedí disculpas a mi pequeño caballero de tres años, por mi gran equivocación. Los adultos nos equivocamos constantemente…

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Imagen: Graphik. H