La niña despistada de los años 70

En la escuela de los años 70 yo era una alumna molesta. Excesivamente inquieta, soñadora y despistada. No me gustaba asistir a clase. Iba a rastras, con mi madre convenciéndome por las mañanas, por toda la avenida de Hernán Cortés. Me aburría, y acumulaba castigos, uno tras otro, sobre todo en el primer colegio “El padre Damían” de mi ciudad. Doña Paula hacía percutir su vara sobre mi mano unas cuantas veces al día por diversos motivos, muchos de los cuales se me hacían incomprensibles. Y seguí acumulando castigos y pequeños insultos, entonces llamados “correcciones”, hasta que me hize más mayor, y comprendí que era mejor seguir el ritmo de la clase y atender a las explicaciones, que pasarse el día castigada en el pasillo o leyendo en el despacho con don Alfonso, (que me consideraba un prodigio lector  por aprender a leer antes de tiempo y porque leer era mi actividad favorita y lo sigue siendo). También aprendí a sacar buenas notas en algunas asignaturas. Pero sobre todo, nació en mí el germen de querer ser maestra para tratar a los niños y niñas con el cariño y la comprensión con el que me gustaría que me hubieran tratado a mí. Siento no poder hablar de aquella escuela con amor. Solo recuerdo con cariño, con mucho cariño, a mis compañeros y compañeras de “celda”. Totalmente inadaptada aprendí a sobrevivir a lo largo de los años. Era difícil no ser la niña que esperaban que fueras. Pero siento decir, por aquellos maestros  y su esfuerzo,  que ningún castigo y ninguna vara corrigió mis despistes, ni mi personalidad. Continué leyendo novelas en clases aburridas, y mis despistes siguen en su sitio, con la diferencia de que nadie me grita ni me castiga. De aquello me queda el que he aprendido, poco a poco, a rodearme de gente respetuosa y a la que respeto. Y diré que con el tiempo desarrolle mis virtudes; logré hasta lo que socialmente se consideran grandes triunfos académicos. Más de los que entonces hubieran imaginado mis maestros y maestras, porque creo que jamás confiaron en mí. Pero aquella niña asustada… sigue dentro cuando alguien me levanta la voz. Ojalá sepa ser una buena “persona-maestra” para mis alumnos y alumnas. Siempre lo he intentado. Es lo único que pido cada comienzo de curso.

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Mi pequeño Amir

 

En estos días recordé otra anécdota que me pasó con uno de mis pequeños de tres años, hijo de una familia inmigrante. Son muchos los niños y niñas de estas familias que han pasado por mi aula compartiendo conmigo sus infancias y sus ilusiones. Día tras día, año tras año. ¿Cómo no sentir frustración y dolor ante los recientes y tristes acontecimientos ocurridos en nuestro país? La anécdota que os quiero contar es sobre un pequeño de casi cuatro años, al que hice presentarse, como al resto de niños y niñas, el primer día de clase. Cuando se presentó y dijo su nombre, yo añadí: “Además, Amir es marroquí”, a lo que mi pequeño contestó: “¿Yo? ¡No! ¡Es mi padre! ¡¡Yo soy de aquí!!!”. Me soprendió una reacción así en alguien tan pequeño. Pero ya no me sorprendo de la capacidad ni de la inteligencia de ningún niño. Son enormes cajas de sorpresas de las que, a veces, no sabemos nada… Por supuesto, pedí disculpas a mi pequeño caballero de tres años, por mi gran equivocación. Los adultos nos equivocamos constantemente…

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Imagen: Graphik. H

 

 

 

Parece amor pero…

Quizás en algún momento te gustó, o te pareció fruto de un amor apasionado el que quisiera estar todo el tiempo contigo y con nadie más, y que igualmente tú no estuvieras con nadie, solo los dos, siempre juntos. Y quizás te gustó en alguna ocasión o te pareció que te amaba demasiado porque  te dijo que no te pusieras esa ropa y que solo lo hicieras para él… Quizás te parecieron emocionantes aquellas palabras profundas y románticas que sabía decirte como nadie y que no se acompañaban de sus actos…

Quizás te empezó a desagradar en algún momento el no poder tomar ninguna decisión por ti misma (porque te vas a equivocar), o el no ir a ningún lugar sin él ; no vestirte como quieres; escuchar palabras vacías que fueron perdiendo color como la ropa lavada cien veces en la lavadora…

Si te sientes así te interesa este libro. Quizás puedas abrir los ojos y estés a tiempo de escapar.

Un libro muy recomendable para las que aún no salieron de la jaula…

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Amos Oz. Una historia de amor y oscuridad

Desde que descubrí a Amos Oz no puedo abandonar la fascinación que me produce la lectura de sus libros. Esta vez es su biografía, que ahora sé que ha sido llevada al cine recientemente. Me quedo con sus palabras, porque leer a Amos Oz es caminar por las calles de Jerusalén, de Tel Aviv, y poner luz en los rincones más oscuros: en cada piedra, en cada ser humano. Leer a Amos Oz es asistir de su mano a los grandes acontecimientos sociales y políticos del siglo XX,  y vivirlos en ti mismo a través de sus confidencias, su sabiduría y sus emociones, y todo ello sin dejarnos caer en el gris, porque él mismo dice en sus libros que la historia de Israel y del pueblo palestino no puede analizarse en blanco y negro. Ansiaba escuchar una voz como la suya, que hablara desde la herida, con  sensatez, desde el  conocimiento, y desde lo más profundo de la oscuridad del conflicto. Una voz que hiciera justicia como él la hace siendo orgullosamente judío, pero analizando la realidad con una implacable valentía y serenidad. Leer a Amos Oz es estremecerte en cada párrafo; asistir a una lección de vida, de literatura en grande. Lee a Amos Oz es descubrir en su compañía a viejos poetas escondidos en la historia; descifrar los secretos de la lengua hebrea; jugar con las palabras, reír a carcajadas con lágrimas en los ojos… y volver a estremecerte de nuevo.

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El pañuelo beirutí

En estos tiempos de prejuicios revueltos, recuerdo una anécdota que me ocurrió hace unos años en un albergue al que llegué, no por turismo, sino por una cuestión práctica en un viaje inesperado. Era la primera vez que dormía sola en un lugar así, tan lejano y lleno de gente de tantos países diferentes. Me sentía extraña y fuera de lugar. Compartí litera con una chica de piel tostada con la que intercambié algunas palabras, tan solo una breve conversación en su perfecto y mi mal inglés, sobre de dónde éramos y qué es lo que estábamos haciendo allí. Ella era de Beirut, y a mì me pareció que venía de un sitio emocionante que siempre me había causado mucha curiosidad. Tras la charla, la chica comenzó a arreglarse: se puso un vestido tipo túnica, se recogió el pelo con mucha gracia y se cubrió la cabeza con un pañuelo que le envolvía también el cuello. Lo hizo con tal destreza, que me dejó sin palabras, porque además, estaba muy guapa con él. Le añadió una belleza serena y enigmática, muy  alejada de las estridencias occidentales. Yo no podía dejar de observar cómo se arreglaba, sus movimientos pausados, su elegancia. Vino a buscarla un familiar y nos despedimos, pero antes, me regaló una estampa de la virgen. Me quedé estupefacta. Sonriendo, le pedí disculpas diciéndole que todo el tiempo había pensado que era musulmana. Ella se rió mucho y me dijo que tenía muchos amigos musulmanes, ¡muchos!,  pero que era cristiana. Si era por el pañuelo, pues… era algo que siempre se había usado en su casa. La estampa que me regaló con tanto afecto es de Notre Dame del Líbano. Me dijo que era muy milagrosa, y que le orase por mis problemas. Mi mente se abrió a la vida como un coco partido por el filo de los prejuicios rotos. ¡Cuántas cosas desconocemos de los demás! ¡Cuántas ideas, pensamientos y sentimientos presupondremos en nuestra ignorancia! La estampa la guardo con mucho cariño, está en mi habitación, en un panel junto a otros recuerdos. Creo en el ser humano, a pesar de todo…  y también en todo aquello que venga del corazón y de los buenos sentimientos. Sea de cual sea su procedencia.

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Cuando Dalia bailaba y él opinaba

Cuando Dalia bailaba…

las raices de sus pies

se abrazaban a las estrellas.

Él,  sin embargo, en silencio

solo tejía pesadillas

con forma de red.

Cuando Dalia bailaba…

el pez de hielo en el mar

de su pecho, no mordía.

Él, sin embargo…

amarraba con fuerza la barca

a su cogote triste,

testarudo.

Cuando Dalia bailaba…

y él opinaba.

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ANIMALISTAS FUNDAMENTALISTAS

Aunque nadie estamos libre de ella, no hay nada peor que la soberbia y una de sus consecuencias: los fundamentalismos. Tras la triste pérdida de nuestra perrita Bimba, he tenido mucho contacto con asociaciones, grupos, y personas “animalistas”. No puedo generalizar, pero creí que me econtraría con personas amables y cariñosas. No. En algunos casos me he encontrado con verdaderas “fieras” que lo primero que hacen es juzgar a la gente como si los demás no amáramos a los animales porque no tenemos su actitud y no actuamos como ellos. Como si ellos fueran el colmo de la santidad. Por favor… si juzgáis así, ¿ cómo queréis que la gente no abandone? Hay personas sin escrúpulos, pero también hay gente con verdaderas problemáticas en su vida, y a veces sufren mushísimo porque no pueden cuidar a sus mascotas, pero,  ¡oh… no… ¿ cómo acudir a estos lugares donde los van a crucificar por verse en la tristísima necesidad de no poder atender a un animal? Que conste que no es mi caso, pero es vergonzosa la actitud que me he encontrado con respecto a la gente en foros y publicaciones, y también en alguna conversación y actitud personal, ante la cual me he quedado perpleja. La soberbia se paga cara. Estáis consiguiendo el efecto contrario. La gente tiene miedo de vosotros y prefiere hacer una locura antes de ser maltratada y juzgada. Los fundamentalismos son terribles, se trate de lo que se trate…

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