Rescatando a Pandi

Aquella tarde yo conducía con mi furgoneta por la avenida que rodea al parque del Príncipe. La primavera había puesto rabiosas sonrisas de labios rojos por todo el parque, en forma de amapolas. Aparqué en una zona resguardada del sol, donde varios ancianos dormitaban en bancos de madera junto a algunas madres que columpiaban a sus hijos. Entonces, al salir del coche, lo vi.

Estaba allí, y parecía aguardar mi llegada. Permanecía quieto, mirándome con su único ojo y suplicándome clemencia: “Ayúdame”, escuché con esa tenue voz sin sonido que se parece a los pensamientos. Era él… me estaba llamando. Miré su rostro, cubierto de hojas secas, polvo, pero nada más. Estaba, sin duda, recién llegado de algún cuarto infantil. No habría espacio para él en aquel lugar, o no habría tiempo para solucionar sus pequeñas heridas: una orejita desgarrada, un solo ojo, un rasguño en el costado. Dudé entre pasar de largo o acogerlo en mis brazos…pero pudo más este último pensamiento. Me di la vuelta y lo recogí. Tuve que hacer esfuerzos para no besarlo, de tan tierno que se mostraba entre mis manos. Pareció abrazarme a su vez, agradecido, emocionado, y hasta vislumbré una pesada lágrima caliente y salada rodando por su rostro de peluche, aunque quizás esta última imagen estuviera tan solo en mi imaginación.

Cargué con mi preciado oso de juguete Panda hasta la furgoneta, y lo acogí allí, donde antes dormía mi perrita perdida, en un cojín de Superman que nos negamos a tirar por los recuerdos. Ahora ese es el lugar de viaje de nuestro pequeño Loto, un foxterrier al que también hemos adoptado. Allí se puso Pandi, nombrado ya en mi pensamiento, y adquiriendo así el rasgo humano que le confiero a mis preciados muñecos de la escuela. Él es nuestro segundo animal adoptado tras el abandono que sucede a las hacendosas limpiezas que dedican los padres a las habitaciones infantiles. Otro es Plutón, que ya vive en la escuela y fue recogido en Madrid.

Pandi se acomodó en el mullido cojín de la parte de atrás de la furgoneta, y  le insté a que no desesperara , porque yo debía resolver unos asuntos a los que no podía acompañarme. Cerré el portón trasero y lo observé tras el cristal. Allí permanecía él, tranquilo, apaciblemente resguardado del abandono, y entrando en una siesta amable y dulce, sabiéndose poseído y ya juguete amado por una maestra de escuela.

A la vuelta de mis obligaciones, volvimos a casa. Cuando llegamos, abracé a Pandi y le propuse un baño. Él me miró algo desconfiado, pero yo le convencí de que de ninguna manera podría venirse conmigo a la escuela sin pasar antes por el ritual de la ducha. Su único ojo de colacao me miró y , entonces, accedió al baño, sabiéndose ya un querido y respetado muñeco escolar. Así es que lo metí en la bañera, no sin antes asegurarme de que el agua estaba a la temperatura adecuada para su precioso pelaje. ¿Cómo saber cuál era el mejor jabón? Miré varias marcas del estante y elegí el mismo gel con el que yo me ducho. Uno azul que habla de las profundidades marinas. Una vez que Pandi estuvo humedecido, acaricié su cuerpo de piel menuda con mis manos jabonosas. Ahora Pandi era una bola de nieve blanca y esponjosa. Olía a mares de coral y fresas con nata. Refregué y refregué su cuerpecito mullido hasta que me pareció que ningún resto de espuma marrón caía en el fondo de la bañera. Con el brazo de la ducha a toda presión, cual lluvia de primavera, dejé a Pandi libre de restos de espuma, mientras él ,de nuevo me miraba agradecido, libre ya de todo resto de suciedad.

¿Y ahora cómo secarle? Puse a Pandi un albornoz de mi hija, pálido y algo manteado por los numerosos viajes a lavadora. Envolví su cuerpo suave, y él me lo agradeció con un abrazo. Mmmm… ya le quería. Era mi Osito Pandi. Besé su cabeza suave y le prometí que sería para siempre feliz en mi escuela. Tras el abrazo, lo dejé allí, sobre el bidé, envuelto en el albornoz, a la espera de que escurriera el agua restante que quedaba en su piel , y me fui a la  “La croqueta”, comentándole a algunos de mis amigos la aventura vivida, y acompañando mi relato de algunas fotografías que compartí tan solo con ciertos amigos y amigas que saben de estos menesteres, y que como ustedes comprenderán, no son muchos. Son temas delicados estos que vivimos las personas que nos comunicamos con los juguetes.

Hoy, tras unos días, he terminado de secar a Pandi. Parece feliz, porque sabe que mañana nos vamos a la escuela. Lo he sacado al sol, y anda ahí, mirándome sonriente mientras termina de airearse sentado en el alféizar de la ventana. Los niños pasan y le sonríen; los adultos lo miran con curiosidad. Los perros le ladran, las flores de la ventana lo adornan… y él parece feliz. Esta noche  suturaré su oreja mientras le acaricio, para que no se ponga nervioso, y también curaré su costado. Y tras el descanso de la noche, mañana, muy temprano, lo montaré sobre el blando cojín de la parte trasera de la furgoneta y nos dirigiremos al colegio. No quiero pensar lo que van a sentir los niños y niñas al verlo… sorpresa, alegría… y además, tendré que contalres toda la historia.Pandi, estoy segura, también hablará con ellos. Lo sé. Los niños y niñas de la escuela también poseen el don de hablar con el corazón.