Anormal

Me gustan todo lo anormal,

lo paranormal, lo subnormal,

lo poco normal, retronormal,

los niños y las niñas

de la fila de atrás.

Los pájaros que reptan

los peces voladores

los perritos sin raza

los desahuciados

los gatos callejeros

las caperucitas verdes

las flores que no son flores

las mujeres libres

los hombres sensibles

las madres que juegan

los niños felices.

Me gusta lo anormal,

la libertad en el techo,

en el suelo,

las manos sin cadenas.

El sexo con deseo

el amor de veras.

Me gusta mi cuerpo

mis anchas caderas.

Y es lo que hay…

Samad Ghorbanzadeh

Samad Ghorbanzadeh

 

 

 

 

Papel

He vuelto a sentir el papel bajo las yemas de mis dedos. El peso vivo de las letras en mis muñecas, el aliento perfumado de la tinta, las caricias del lomo en las palmas. Son libros de papel, libros que me han regalado por mi cumpleaños. Ocupan el espacio de una pequeña torre que se asienta en mi mesilla. Un pequeño Babel que se ilumina y enciende ante mis ojos al llegar cada noche. Hoy metí la nariz entre las páginas nuevas e inspiré profundamente. Miré por encima de esta torre de papel, y allí vi, durmiendo una siesta, a mi libro electrónico, compañero incansable del verano. Tiene que esperarme, porque esta fragancia de las hojas que han caído en mis manos, es un placer del otoño al que ya no puedo renunciar.

Mujer leyendo. Henner

Mujer leyendo. Henner

Un hombre libre

Érase una vez un hombre que vivía en un pequeño país, con su bandera y todo. El hombre se sentía feliz, pero había algo que le recomía por dentro. Quería que su pueblo natal, una pequeña aldea situada en un valle, fuera única en el mundo, y organizó un movimiento para lograr su independencia. Con mucho entusiasmo lo consiguió, y pusieron una nueva bandera: La bandera de “Villavacas”. El hombre se sentía feliz, pero algo le siguió recomiendo por dentro… Y pensó que sería buena idea que su barrio fuera un barrio independiente. Así es que organizó un movimiento reivindicativo y su barrio consiguió independizarse del pueblo. Para entrar y salir, había guardias uniformados con el lema de “BarrioLibre.” Aunque los habitantes se sentían un poco aislados, parecían felices, pero nuestro hombre no, él pensó que quizás podría pedir la independencia de su bloque de pisos. Y eso hizo, como tenia mucha experiencia, lo consiguió. El bloque de pisos “Edificio del Lagarto” tuvo su propia bandera, normas y leyes. Pero nuestro hombre siguió infeliz. Quería que su casa fuera independiente de las demás. Pero ahora no podía reunirse con nadie para reivindicarlo, así es que tapió las paredes y puso una bandera en el centro de la mesa del salón, donde podía leerse: ” Yo”, y desde entonces, vive sereno. Su hermana, que vive en otro pueblo, le visita de vez en cuando y le mete la comida por la ventana. Pero ahora, él se siente feliz. Habla con el espejo, una lengua propia, y distribuye sus acciones con sus propias leyes y normas. Nadie le contradice. Es, al fin, un hombre libre…

El hijo del hombre. René Magritte (1964)

El hijo del hombre. René Magritte (1964)

Propósitos y palabras

Como  firme propósito, me he marcado el de no implicarme en demasiadas actividades que me exijan dedicación.

De repente, sonaron las palabras mágicas: “libros” ,”carnavales” ,”dramatizaciones”, “música” “museos,”   y me vi envuelta en una entusiasta propuesta de ideas suculentas, entre las cuales figuraba la de unas fantásticas ropas y pelucas, con las que podríamos…

 

Edina Sikora

Edina Sikora

 

 

Mujer abeja

A partir de mañana, no podré ya perder mis pensamientos exprimiendo las naranjas, ni escribir de madrugada, o comer a las cinco de la tarde, y ralentizar la vida al ritmo del sol caliente. Sin prisas… Se acabó.

Mañana, y como hago desde hace décadas, volveré a mi rol oficial de “mujer trabajadora.”

Todo deberé hacerlo en un tiempo récord, y sin cometer errores. Si no limpio ya la casa, seré una ” descuidada”, si me levanto a limpiarla, antes de trabajar, seré una ” maruja”.  Si cuido de mis seres queridos, seré una “sacrificada” y si no lo hago, seré una “egoísta”.

Viajaré, enseñaré, cocinaré, saldré, haré  deporte, seguiré estudiando, atenderé a mis alumnos, cuidaré la casa, la familia, intentaré cuidar la figura…

Intentaré seguir escribiendo…

Para conseguirlo, robaré  horas de sueño, y quizás  de mimos, de espejo, de amistad, vinos y risas, e incluso de amor. Aunque intentaré acabar con este vicio cleptómano de mí misma.

No abarco más de lo que alcanzan mis brazos, y mi cintura ya no es la de una avispa, sino la de una abeja trabajadora.

Sólo algo me vuelve todo más liviano: No podría hacer todo esto, y sentirme feliz, sin ti, compañero de viaje. Tú, inagotable fuente de energía y entusiasmo, que supiste descubrir la miel de mi cintura, y reconociste en mí, a la mujer abeja.

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Edouard Gelhay.

 

Pescando “prontos” pasados

Hace unos días,  una vieja amiga y yo nos encontramos comprando. Nos besamos entonces, y nos saludamos entre el agobio de la gente, los estantes del comercio, y nuestras bolsas de tomates y verduras. Así es que decidimos aparcar las bolsas en el bar de enfrente y tomarnos unas cañas de cerveza con las que terminamos pescando recuerdos…. Pude así asistir al relato de algunas anécdotas sobre mí misma, que ya había depositado en el fondo de algún rincón de mi memoria. Pero en una anécdota que me relató, pude descubrir a aquella joven madre impetuosa que fui, y que quizás siga siendo:

Ocurrió que una señora de afianzadas creencias religiosas pero de oscuras intenciones terrenales, quiso despreciar a uno de mis hijos, que entonces eran muy pequeños, ofreciéndoles a todos los niños de aquella reunión quinientas pesetas,( sí, hace ya muchos años…) y excluyendo a uno de mis hijos, haciendo ver que no era aceptado por ella. Como una leona, acudí, rompí el billete en dos, ante la mirada de la señora, y ofrecí la mitad a cada uno de mis peques que, encantados, tomaron la mitad como un tesoro, porque aún no conocían el valor del dinero, de tan pequeños que eran.”Gracias señora, pero yo tengo dos hijos”, dije… Y es por eso que dicen que tengo un “pronto” fuerte. Pero no acumulo rencores… porque ni siquiera me acordaba, a no ser con la ayuda de esas cañas que me hicieron pescar este “pronto”, en el pasado de mi maternidad.

Maternidad. Roberto Pizano

Maternidad. Roberto Pizano