Cuento de Navidad: Las cajas vacías de los Reyes Magos

Érase una vez una ciudad  a la que llegaron los tres Reyes Magos de Oriente a repartir sus regalos. Cuando vieron aquellas torres altas, palacios y castillos, se quedaron un tanto asombrados. Miraron  sus relojes, a ver si es que se habían equivocado de época, pero no, estaban en una ciudad mágica que tenía dos almas, una entre las murallas que reflejaban el pasado, y otra fuera de ellas, en el siglo XX. Los Reyes Magos decidieron repartir primero los regalos en la ciudad moderna y deja para el último momento aquellas torres enormes y antiguas. Y es que no traían la magia necesaria para escalar esas piedras milenarias. Primero pensaron que uno de ellos volviera a su palacio de Oriente para recargar la magia del pasado, pero después decidieron que no, que tenían una mejor idea: si escalaban aquellas torres con algún regalo de poco peso, tampoco supondría un gran problema para sus camellos, acostumbrados como estaban a escalar incluso rascacielos, con sus patas de ventosa mágica. Hicieron entonces un corro cabeza con cabeza: Melchor, Gaspar, Baltasar, los pajes y sus respectivos camellos. Consultar las decisiones con los animales era una sabia idea, porque ya sabemos todos que son seres muy intuitivos. Al final obtuvieron de su asamblea una feliz conclusión: repartirían algo especial a todos los habitantes de la ciudad,  esparcirían desde las torres  lo que queda en las cajas vacías de los niños y niñas. Eso era un regalo valioso y pesaba poco. El paje Pedrito no lo entendía y los camellos pusieron cara de espanto: “ Si las cajas están vacías, menuda desilusión para todos, ¿que vais a repartir, aire???”, dijo Pedrito.  Pero los Reyes Magos comprendieron que, aunque el paje era muy bueno, no era mago como ellos, y había cosas que aún no sabía, y que tendría que aprender a través de los siglos. Le dijeron que observara… y ya sabría lo que iban a hacer.

Aquella noche de un año del siglo pasado, cargados con cajas aparentemente vacías, los Reyes Magos y sus camellos escalaron las torres de la ciudad y…¡Sorpresa! Al poner las cajas boca abajo, empezaron a salir personajillos y objetos extraños de los más bellos colores: un unicornio de lunares, un dragón mágico, polvo de estrellas, galletas de la suerte con bocas sonrientes, un lapicito que pintaba el cielo y toda clase de maravillas de colores…. Pedrito, el paje, al fin comprendió qué era aquello: ¡Era la materia de la fantasía!!! Fantasía e ilusón es lo que quedaba en el fondo de las cajas de los regalos, y es lo que los Reyes Magos esparcieron desde la torres de la ciudad en aquella noche de un cinco a un seis de enero. Desde entonces, y como vieron que era una gran idea, cada cinco de enero, en la madrugada de noche de Reyes, ellos mismos o sus pajes, derraman ilusión y fantasía desde las torres más altas de todas las ciudades del mundo. Si miráis el cielo el día seis de enero  por la mañana, si os asomáis a la ventana, o salís a un parque a pasear, observad, observad..todo está cubierto con esa matería: polvo de fantasía, un regalo especial que solo puede venir de parte de los Reyes Magos de Oriente.

Alejandra Natale

Alejandra Natale



San Antonio y el perrito

Rezar a san Antonio es lo que ha hecho siempre mi madre cuando algo se nos ha perdido. A mí no me ha traspasado esta costumbre, pero últimamente nos hemos abonado a este santo, y andamos recuperando la tradición, por pura necesidad. 

El perro de mi hija,  J. se perdió el último día de fiesta en la ciudad. Tras horas de búsqueda, nos fuimos a dormir desolados. ” Habrá que rezar a San Antonio”, dije después de que la fórmula nos funcionara con las últimas llaves, de una amiga, perdidas en un parque.

A la una y media de la noche sonó el teléfono. J, dormía en la puerta de una ermita del casco antiguo de nuestra ciudad. Alguien leyó la placa con el nombre y el número de teléfono. ” ¿Dónde está la ermita?”preguntamos  llenos de excitación, y una chica jovencita nos dijo que el perrito estaba  en la puerta de la ermita de San Antonio…

El reencuentro fue emocionante.  ” ¡Estábamos rezando a San Antonio!” le dijimos riendo a la amable rescatadora. Y al despedirnos y preguntarle su nombre nos dijo: ” Me llamo Milagros  y es el segundo perro que devuelvo a sus dueños.”  Todos reímos agradecidos.